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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.188

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.. una indisposición. El camarada Ossipon no se sintió muy bien, en un sentido muy especial, durante un mo­mento, un largo momento, Y miraba fijo. Mr. Verloc estaba recostado, muy quieto, mientras tanto, simulando dormir por razones propias, en tanto que su salvaje mujer hacía guardia en la puerta, invisible y silen­ciosa en la calle oscura y desierta. ¿Sería todo eso algún tipo de arreglo espantoso inventado por la policía a beneficio exclusivo de él? Su modestia lo apartó de esa explicación.
Pero el verdadero sentido de la escena que estaba viendo llegó hasta Ossipon a través de la contemplación del sombrero. Parecía una cosa extraordinaria, un objeto ominoso, un signo. Negro, las alas hacia arriba, yacía sobre el piso y frente al asiento como si estuviera prepara­do para recibir las contribuciones de un penique de la gente que quisie­ra llegar a ver a Mr. Verloc en la plenitud de su ocio doméstico, repo­sando sobre un sofá. A partir del sombrero, los ojos del robusto anar­quista vagaron hacia la mesa desplazada, rozaron por un momento la fuente rota, recibieron un impacto óptico al observar un brillo blanco por debajo de los párpados no del todo cerrados del hombre en el asiento. Mr. Verloc no parecía muy dormido ahora, acostado con la cabeza inclinada y mirando con insistencia hacia el lado izquierdo de su pecho. Y cuando el camarada Ossipon distinguió el mango del cu­chillo, se apartó de la puerta vidriera entre náuseas violentas.
El golpe de la puerta de calle hizo brincar de pánico su alma. Esa casa con su aspecto inocuo todavía podía ser una trampa... una trampa terrible. El camarada Ossipon no tenía una concepción fija de lo que le estaba ocurriendo. Su muslo golpeó contra la punta del mostrador, se dio vuelta y tambaleó con un grito dolorido; entre el perturbante tinti­neo de la campanilla sintió sus brazos sujetos a los costados por un convulsivo abrazo, mientras los fríos labios de una mujer trepaban hacía su oído para decir-¡Un policía! ¡Me ha visto!
Dejó de resistir; ella no lo dejaría ir nunca. Había cerrado sus de-dos con un entrelazamiento inseparable por detrás de la robusta espalda de Ossipon. Mientras los pasos se aproximaban, respiraron rápido, pecho contra pecho, con ardua, trabajosa respiración, como si estuvie­ran enlazados en una lucha mortal, cuando, en realidad, se trataba de un temor mortal. Y el tiempo se hizo largo.
El agente de ronda había visto, por cierto, algo de Mrs. Verloc; sólo que como él venía de la avenida iluminada al otro lado de Brett Street, Mrs. Verloc había sido nada más que un revoloteo en la oscuri­dad. Y tampoco estaba del todo seguro de que hubiese habido ese re­voloteo.


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