El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.187
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Incluso llegó a apurar el paso ante la idea de que ella podía haber dejado el dinero en un cajón. Pero su buena voluntad era lerda al lado de la febril impaciencia de la mujer.
A primera vista el negocio parecía por completo oscuro. La puerta estaba entreabierta. Mrs. Verloc, apoyándose en el frente, comprobó:
-Nadie ha estado adentro. ¡Mire! La luz... la luz en el salón.
Ossipon estiró hacia adelante la cabeza y vio un débil resplandor en la oscuridad del negocio.
-Está encendida- dijo.
-Me olvidé de ella- la voz de Mrs. Verloc atravesaba, débil, el velo. Y como él se parara esperando que la mujer entrase primero, dijo más fuerte: - Vaya y apáguela... o me volveré loca.
El robusto anarquista no opuso resistencia inmediata a esa propuesta, de tan extraña motivación.
-¿Dónde está esa plata?- preguntó.
-La tengo yo. Vaya, Tom. ¡Rápido! Apáguela... ¡Entre!- gritó empujándolo por los hombros hacia adentro.
No preparado para un despliegue de fuerza física, el camarada Ossipon tropezó muy lejos de la puerta, dentro del negocio. Estaba asombrado ante la fuerza de esa mujer y escandalizado por sus procedimientos Pero no volvió a la calle para amonestarla con severidad. Se empezaba a impresionar mal con el comportamiento extraño de ella. Con todo, ahora o nunca era el momento de complacerla. El camarada Ossipon evitó con facilidad la punta del mostrador y se acercó con calma a la puerta vidriera del salón. La cortina había quedado apenas recogida y, por impulso natural, miró adentro en el momento en que ponía la mano sobre el picaporte, para abrir. Miró sin pensar, sin intención, sin curiosidad de ninguna especie. Miró adentro porque no pudo dejar de hacerlo. Miró adentro y descubrió a Mr. Verloc reposando tranquilo sobre el sofá.
Un alarido proveniente de las más íntimas profundidades de su pecho, inaudible y transformado en un gusto pringoso y nauseabundo, murió sobre sus labios. Al mismo tiempo la personalidad del camarada Ossipon dio, mentalmente, un frenético salto hacia atrás. Pero su cuerpo, falto de guía intelectual, se sostuvo en el picaporte con la fuerza irracional de un instinto. El robusto anarquista ni siquiera tembló. Y se quedó mirando fijo, la cara muy cerca del vidrio, los ojos saliéndosele de las órbitas. Hubiera dado cualquier cosa por escapar, pero su razón, ya de regreso, le informó que no iba a soltar el picaporte. ¿Qué era eso... locura, pesadilla o una trampa a la que había sido llevado con diabólicas artimañas? ¿Por qué, para qué? No lo sabía. Sin sentimiento alguno de culpa en su corazón, en la total paz de su conciencia- al menos en la medida en que esa gente puede sentirla- la idea de que podía ser asesinado, por misteriosos motivos, por los Verloc, pasó no tanto por su mente cuanto por la boca de su estómago y se fue dejándole un rastro de debilidad.
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