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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.186

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.. no podría... no podría... ni siquiera por el miedo que le tengo.
Estaba demasiado rara, pensó el revolucionario. Le empezaba a inspirar una indefinida inquietud y con aspereza, porque estaba ocupa­do en pensamientos importantes, le dijo:
-¿A qué diablos le tiene miedo?
-¡No ha comprendido qué estaba por hacer!- gritó la mujer. Su cabeza, perdida en vívidas y horribles aprensiones, resonante de pala­bras llenas de contenido, que reflejaban el espanto de su situación, tal como ella lo sentía, había imaginado que su incoherencia era clara por sí misma. Mrs. Verloc no era consciente de lo poco que había dicho a nivel audible, en deshilachadas frases, íntegras sólo en su pensamiento. Había sentido el alivio de una confesión completa y adjudicó un signi­ficado especial a cada frase dicha por el camarada Ossipon, cuyo cono­cimiento del asunto no era, en lo más mínimo, identificable con el de ella-. ¡No ha comprendido qué estaba por hacer!- Su voz se extinguió-. Entonces no necesita preguntarse por más tiempo a qué le tengo mie­do- continuó con un amargo y sombrío murmullo-. No quiero tener que soportarlo. No quiero. No quiero. No quiero. ¡Tiene que prometerme que me matará antes!- y sacudió las solapas del abrigo-. ¡No debe ocurrir jamás!
Ossipon le aseguró, lacónico, que no se necesitaban promesas, pe­ro se tomó el cuidado de no contradecirla en términos formales, porque había tenido mucho trato con mujeres excitadas y en general se dejaba guiar por la experiencia, antes que aplicar la sagacidad a cada caso particular. Su sagacidad, en esta ocasión, estaba ocupada en otras di­recciones. Las palabras de las mujeres las lleva el agua, pero los des­cuidos de horarios quedan. La insularidad de Gran Bretaña se imponía a su atención de un modo odioso. «Como si estuviéramos bajo llave y candado toda la noche» pensó irritado, tan confundido como si tuviera que escalar un muro con la mujer a sus espaldas. De pronto se golpeó la frente. A fuerza de devanarse los sesos se había acordado del servi­cio Southampton-St. Malo. El vapor partía alrededor de la medianoche. Había un tren, a las diez y media. Se sintió animado y dispuesto a ac­tuar.
-De Waterloo. Hay tiempo. Estamos bien, después de todo... ¿qué pasa ahora? Ése no es el camino- protestó.
Mrs. Verloc, con el brazo enganchado en el de él, trataba de arrastrarlo otra vez hacia Brett Street.
-Me olvidé de cerrar la puerta del negocio cuando salí- susurró, muy agitada.
El negocio y todo lo que había en él ya no interesaban al camara­da Ossipon. Sabía muy bien limitar sus deseos. Estuvo a punto de de­cir: «¿y qué? Déjelo así». Pero se contuvo. No le gustaba discutir por tonterías.


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