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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.185

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Comparto la habitación con un amigo.
Él mismo se sentía desfallecer. Por la mañana los malditos poli­cías iban a estar en todas las estaciones, sin duda. Y si querían pren­derla, por uno u otro motivo, ella estaría perdida para él también.
Pero tiene que hacerlo. ¿No le importa nada de mí... nada? ¿En qué está pensando?
Dijo esto con violencia, pero dejó que sus manos cayeran sin ánimos. Hubo un silencio, mientras la niebla caía, y la negrura reinaba, serena, sobre Brett Place. Ni un alma, ni siquiera el alma vagabunda, no atada a leyes, y amante de un gato, andaba cerca del hombre y de la mujer, enfrentados el uno a la otra.
-Tal vez sería posible encontrar un alojamiento seguro en algúnlugar- explicó Ossipon, al fin-. Pero la verdad es, querida, que no tengo dinero suficiente para ir a... sólo unos pocos peniques. Nosotros los revolucionarios no somos ricos.
Tenía quince chelines en el bolsillo. Agregó:
-Y tenemos por delante el viaje, también... lo primero que hay que hacer por la mañana.
La mujer no se movió ni emitió ningún sonido, y el camarada Ossipon creyó que su corazón zozobraba. En apariencia, ella no ofrecía ninguna sugerencia. De pronto se oprimió el pecho como si hubiera sentido un agudo dolor allí.
-Pero yo tengo- jadeó-. Tengo el dinero. Tengo dinero suficiente. ¡Tom! Vayámonos de aquí.
-¿Cuánto tiene?- preguntó sin dejarse mover por los tirones de ella, porque era un hombre cauto.
-Tengo el dinero, le digo. Todo el dinero.
-¿Qué quiere decir con eso? ¿Todo el dinero que había en el ban­
co o qué?- preguntó, incrédulo, pero preparado para no sorprenderse ante nada en la vía de la suerte. -¡Sí, sí!- le contestó con nerviosismo-. Todo el que había. Lo ten-go todo.
-¿Cómo se arregló para tenerlo consigo ya mismo?- se asombró Ossipon.
-Me lo dio él- fue la respuesta, con voz sometida y temblorosa. El camarada Ossipon decapitó con mano firme su sorpresa naciente.
-Bien, entonces... estamos salvados- declaró con lentitud..
Winnie se inclinó hacia adelante y se arrojó sobre ese pecho que la recibía con gusto. Ella tenía todo el dinero. El sombrero y el velo de ella se interponían en el camino de efusiones más hondas. Ossipon hizo manifestaciones adecuadas, pero nada más, y Winnie las recibió sin resistencia y sin abandono, con pasividad, como si fuera sensible a medias. Se liberó del flojo abrazo sin dificultad.
-Usted me salvará, Tom- prorrumpió, retrocediendo, pero siempre apoyada en las solapas del sobretodo húmedo-. Sálveme. Escóndame. No deje que me apresen. Tiene que matarme antes. Yo sola no podría hacerlo.


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