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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.184

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Fue. Así nomás. El mismo fue. Yo no sabía. Me mostró un pedazo de sobretodo y... Así nomás. ¿Usted sabe? me dijo.
-¡Heat! ¡Heat! ¿Y qué hizo?
La cabeza de Mrs. Verloc estallaba.
-Nada. No hizo nada. Se fue. La policía estaba de parte de ese hombre- murmuró, trágicamente-. Vino otro, también.
-¿Otro... otro inspector, quiere decir?- preguntó Ossipon, excita­dísimo y con el mismo tono de una criaturita asustada.
-No sé. Apareció. Creo que era extranjero. Puede haber sido uno de los de la Embajada.
El camarada Ossipon estuvo cerca del colapso ante ese nuevo golpe.
-¡Embajada! ¿Sabe lo que está diciendo? ¿Qué Embajada? ¿Qué diablos quiere decir con «Embajada»?
-Es ese lugar en Chesham Square. La gente a la que él maldecía tanto, no sé. ¡Qué importa!
-¿Y ese tipo qué hizo o qué le dijo a usted?
-No me acuerdo... Nada... No me interesa. No me pregunte- im­ploró con voz desfalleciente.
-Está bien. No lo haré- concedió Ossipon, con ternura. Y lo hacía no tanto porque se sintiera tocado por la tensión íntima de la voz im­plorante, sino porque él mismo sentía que iba perdiendo su seguridad en las honduras de ese tenebroso asunto. ¡Policía! ¡Embajada! ¡Fiu! Por miedo a aventurar su inteligencia por caminos en los que su luz natural no alcanzase para guiarlo, desplazó de su mente, con resolu­ción, todas las suposiciones, conjeturas y teorías. Tenía allí a esa mu­jer, entregada por completo a él, y ésa era la consideración principal. Pero después de lo que había oído, ya nada podía asombrarlo. Y cuan­do Mrs. Verloc, como agitada de pronto por un sueño de salvación, comenzó a manifestarle, desatinada, la necesidad de un inmediato viaje al continente, él no se extrañó en lo más mínimo. Simplemente, como excusa, le dijo que no había tren hasta la mañana siguiente y se quedó pensativo, mirando esa cara velada con un tul negro, a la luz de un farol de gas, velado con un cendal de niebla.
Junto a él la forma negra de la mujer se fundía en la noche, como una figura a medias cincelada de un bloque de piedra negra. Era impo­sible decir cuánto sabía ella, cuánto estaba involucrada con embajadas y policías. Pero si ella quería escapar, no iba a hacerle objeciones. Estaba ansioso por quedar libre de ese asunto. Sentía que ese negocio, tan familiar para jefes inspectores y miembros de embajadas extranje­ras, no era lugar para él. Había que olvidarse. Pero estaba el resto. Los ahorros. ¡La plata!
-Tiene que esconderme hasta la mañana en algún lugar- dijo ella con voz desfalleciente.
-El hecho es, querida, que no puedo llevarla al lugar donde vivo.


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