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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.183

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En detrimento del simple sentido literal, fue el tono lo que atrapó la atención de Ossipon. Se preguntaba qué ocurría con ella, por qué estaba en ese estado de salvaje excitación. Incluso comenzó a dudar si las causas ocultas del caso de Greenwich Park no estarían ligadas a las desgraciadas situaciones de la vida marital de Verloc. Fue tan lejos como para sospechar que Mr. Verloc había elegi­do esa extraordinaria forma de suicidarse. ¡Por Jove!, eso explicaría la total inanidad y mal planeamiento del hecho. Las circunstancias no pedían ninguna manifestación anarquista. Muy por el contrario; y Verloc lo sabía tan bien como cualquier otro revolucionario de su ni­vel. Qué broma descomunal si Verloc simplemente había engañado a toda Europa, al mundo revolucionario, a la policía, a la prensa y tam­bién al presuntuoso Profesor. Por cierto, pensó Ossipon en medio del pasmo, ¡parecía casi seguro que lo había hecho! ¡Pobre desgraciado! Se le hizo muy probable que en esa familia de dos el demonio no fuera precisamente el hombre.
Alexander Ossipon, apodado el Doctor, estaba inclinado por natu­raleza a pensar con indulgencia de sus amigos. Observó a Mrs. Verloc, colgada de su brazo. De sus amigas pensaba con una actitud de emi­nente practicidad. Que Mrs. Verloc hubiera lanzado exclamaciones al ver que él sabía de la muerte de Verloc, que para nada era cuestión de adivinanza, no lo preocupó demasiado. Las mujeres a menudo hablan como si estuvieran locas. Pero tenía curiosidad por saber cómo se ha­bía enterado ella. Los diarios no decían nada que no fuera el hecho en sí: el hombre que volara en pedazos en Greenwich Park no había sido identificado. Era inconcebible la teoría de que Verloc le hubiese hecho alguna insinuación de sus intenciones, cualesquiera que fuesen. Este problema era de inmenso interés para el camarada Ossipon Y se detuvo un momento. Habían recorrido los tres lados de Brett Place y otra vez estaban muy cerca de la punta de Brett Street.
-¿Cómo llegó a usted esta noticia?- preguntó con un tono que in­tentaba ser adecuado al carácter de las revelaciones que, quizá, podía hacerle esa mujer, parada a su lado.
Violentas sacudidas la estremecieron por un rato, antes de que contestara, lánguida la voz:
-Por la policía. Un jefe inspector fue a casa. Dijo que era el jefe Inspector Heat. Me mostró... - Mrs. Verloc se ahogaba-. Oh, Tom, tuvieron que recogerlo con una pala.
Su pecho se agitó con sollozos sin lágrimas. Un momento des­pués Ossipon logró hablar:
-¡La policía! ¿Quiere decir que la policía llegó ya? ¿Que el propio jefe Inspector Heat fue de veras a comunicárselo?
-Sí- confirmó ella con el mismo tono lánguido-.


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