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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.182

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-Ése era el hombre que yo amaba- continuó la viuda de Verloc-. Supongo que él lo podía leer en mis ojos, también. Veinticinco cheli­nes por semana, y su padre amenazó con echarlo del negocio si era tan loco como para casarse con una chica que tenía sobre sí la responsabi­lidad de una madre lisiada y un loco idiota. Pero él quiso dejarlo todo por mí, hasta que una noche encontré el coraje de cerrarle la puerta en las narices. ¡Veinticinco chelines por semana! Y había otro hombre... un buen huésped. ¿Qué puede hacer una muchacha? ¿Podía haberme ido a andar por las calles? Me parecía bueno. Me deseaba, de todos modos. ¿Qué iba a Hacer yo con mamá y ese pobre chico? ¿Eh? Me dijo que sí. Parecía de buen corazón, tenía la mano abierta, tenía dine­ro, jamás dijo nada. Siete años, siete años siendo una buena esposa para él, el gentil, el bueno, el generoso, el... Y él me amaba. Oh, sí. Me amaba hasta tal punto que a veces yo deseaba... Siete años. Siete años de ser mujer para él. ¿Y sabe usted qué era ese querido amigo de uste­des? ¿Sabe qué era?... ¡Era un demonio!
La sobrehumana vehemencia de esa declaración susurrada aturdió por completo al camarada Ossipon. Winnie Verloc, dando media vuel­ta, lo agarró de los brazos y lo enfrentó, bajo la niebla que caía, en la negrura y soledad de Brett Place, en la que todo sonido parecía perdido en un pozo triangular de asfalto y ladrillos, de casas ciegas y piedras insensibles.
-No; no sabía- declaró con una especie de fofa estupidez, cuyo aspecto cómico se perdía para esa mujer obsesionada por el miedo a la horca-. Pero ahora lo sé. Yo... yo comprendo- tartamudeó el hombre, mientras su razón especulaba sobre el tipo de atrocidades que Verloc podía haber practicado tras la soñolienta y plácida apariencia de su situación conyugal-. Era muy tremendo. Comprendo- repitió y luego, por una inspiración súbita, profirió un «¡desdichada mujer!» de honda conmiseración, en lugar del más familiar «¡pobrecita mi querida!» que entraba en su práctica habitual. Éste no era un caso común. Estaba consciente de que algo anormal ocurría, y entretanto no perdía de vista la importancia del riesgo.
-¡Desdichada, valiente mujer!
Se alegró de haber descubierto esa variante; pero no pudo descu­brir ninguna otra. Lo mejor que se le ocurrió fue: «ah, pero ahora está muerto»; y puso una buena dosis de animosidad en esa exclamación cautelosa. Mrs. Verloc se agarró de su brazo con fuerza frenética.
-Usted adivinó que él ha muerto- murmuró fuera de sí-. ¡Usted! Adivinó lo que tuve que hacer. ¡Tuve que hacer!
Había sugerencias de triunfo, consuelo, gratitud, en el tono inde­finible de esas palabras.


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