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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.181

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En lo hondo de su corazón estaba un poco sorprendido por el éxito logrado. Verloc había sido un buen tipo y por cierto que un marido muy decente, al menos en lo que uno puede apreciar. Sin embargo, el camarada Ossipon no iba a oponerse a su propia suerte por el recuerdo de un hombre muerto. En forma resuelta suprimió sus simpatías por el fantasma del camarada Verloc y prosi­guió:
-No podía ocultarlo. Estaba demasiado lleno de usted. Diría que usted no podía dejar de verlo; pero yo no podía adivinar. Usted estaba siempre tan distante...
-¿Qué otra cosa esperó?- prorrumpió Mrs. Verloc-. Yo era una mujer respetable... - Hizo una pausa y luego agregó, como si hablara consigo misma, cargada de siniestro resentimiento-... hasta que él me convirtió en lo que soy.
Ossipon dejó pasar eso y retomó su curso.
-Él nunca me pareció ser digno de usted- comenzó, arrojando a los vientos su lealtad-. Usted se merecía un destino mejor.
Mrs. Verloc lo interrumpió con amargura:
-¡Un destino mejor! Me robó siete años de vida.
-Usted parecía estar tan contenta de vivir con él- Ossipon trataba de justificar la indiferencia de su conducta pasada-. Eso es lo que me hacía ser tímido. Parecía que usted lo amaba. Estaba sorprendido y... celoso- agregó.
-¡Amarlo!- estalló Mrs. Verloc en un susurro lleno de desprecio y de ira-. ¡Amarlo! Fui una buena esposa para él. Yo soy una mujer res­petable. ¡Usted pensó que yo lo amaba! ¡Lo pensó! Mire, Tom...
El sonido de ese nombre hizo estremecer de orgullo al camarada Ossipon. Porque su nombre era Alexander y lo llamaban Tom tan sólo los más familiares de sus íntimos. Era un nombre de amistad, de mo­mentos de expansión. No tenía idea de que ella lo hubiese escuchado alguna vez. Era claro que no sólo lo había escuchado, sino que también lo había atesorado en su memoria- o tal vez en su corazón.
-¡Mire, Tom! Yo era muy joven. Estaba cansada. Deshecha. Te­nía dos personas que dependían de lo que yo pudiese hacer y eso signi­ficaba que no podía dedicarme a otra cosa. Dos personas: mi madre y el chico. Él era mucho más mío que de mamá. Me pasé noches y no­ches con él en la falda, solos en el cuarto de arriba, cuando yo no tenía más que ocho años. Y después... Era mío, le aseguro... Usted no puede entender eso. Ningún hombre puede entenderlo. ¿Qué iba a hacer? Había un muchacho...
El recuerdo del romance fugaz con el joven carnicero sobrevivía, durable, como la imagen de un ideal entrevisto en ese corazón debilita­do por el temor a la horca y lleno del rechazo de la muerte.


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