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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.180

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Pero como ése era un asunto delicado, el camarada Ossipon procedió con delicadeza. Se contentó con oprimir esa mano levemente contra su robusto flanco. Al mismo tiempo se sintió impulsado hacia adelante y cedió al impulso. En la punta de Brett Street, comprendió que lo dirigían hacia la izquierda. Se sometió.
El frutero de la esquina había apagado la gloria brillante de sus naranjas y limones y Brett Place era todo negrura, negrura entremez­clada con los halos neblinosos de unos pocos faroles que definían su forma de triángulo en un racimo de tres lámparas ubicado por encima de una luz central. Las siluetas oscuras del hombre y la mujer se desli­zaron lentas, el brazo en el brazo, a lo largo de las paredes, con un aspecto de amantes sin hogar, en medio de la noche miserable.
-¿Qué diría usted si yo le asegurara que estaba yendo en su bus-ca?- preguntó Mrs. Verloc, apretando con fuerza el brazo del hombre.
-Le diría que no pudo haber encontrado alguien más dispuesto a ayudarla en sus dificultades- contestó Ossipon, con la idea de estar haciendo un tremendo progreso. En realidad, el progreso de ese delica­do asunto casi le estaba quitando el aliento.
-¡En mis dificultades!- repitió con lentitud Mrs. Verloc.
-Sí.
-¿Y usted sabe cuáles son mis dificultades?- susurró ella con ex­traña intensidad.
-Diez minutos después de ver el diario de la noche- explicó con ardor Ossipon- me encontré con un tipo al que usted debe haber visto una o dos veces en el negocio, quizás, y tuve con él una charla que no dejó ninguna duda en mi cabeza. Luego me vine para aquí, preguntán­dome si usted... Estoy loco por usted más allá de las palabras, desde que puse los ojos en su cara- exclamó como si fuera incapaz de domi­nar sus sentimientos.
El camarada Ossipon estimaba correctamente que no había mujer que fuese capaz de total incredulidad ante semejante declaración. Pero no sabía que Mrs. Verloc aceptaba esas palabras con toda la fiereza que el instinto de conservación pone en las manos crispadas de alguien que se ahoga. Para la viuda de Verloc el robusto anarquista era como un radiante mensajero de vida.
Caminaron lentos, acompasados.
-Así lo pensé- murmuró Mrs. Verloc, con débil voz.
-Lo leyó en mis ojos- sugirió Ossipon, lleno de seguridad.
-Sí- exhaló ella hacia su oído.
-Un amor como el mío no puede estar oculto para una mujer cono usted- prosiguió, tratando de no prestar atención a consideraciones materiales como el valor del movimiento del negocio y la cantidad de dinero que Mr. Verloc podía haber dejado en el banco. Se aplicó al aspecto sentimental del caso.


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