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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.179

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Tomó a ésta entre sus grandes manos, atisbando de un modo sistemático, hasta que la oyó decir con voz débil:
-¡Mr. Ossipon!
Ossipon estuvo a punto de dejarla caer al suelo.
-¡Mrs. Verloc!- exclamó-. ¡Usted aquí!
Le parecía imposible que esa mujer hubiera estado tomando. Pero uno nunca sabe. No averiguó ese asunto; pero atento a no desalentar al destino gentil que le traía a la viuda del camarada Verloc, trató de atraerla hacia su pecho. Para su asombro, ella se avino con facilidad e incluso se apoyó en su brazo por un momento antes de intentar soltar­se. El camarada Ossipon no quería ser brusco con el destino gentil. Y retiró el brazo de un modo natural.
-Me ha reconocido- balbuceó ella, parada ante él, bastante firme sobre sus piernas.
-Por supuesto que sí- dijo Ossipon con perfecta prontitud-. Temí que se cayera. Pensé mucho en usted últimamente como para no reco­nocerla en cualquier lugar, en cualquier momento. Siempre he pensado en usted... desde la primera vez que la vi.
Mrs. Verloc parecía no oír.
-¿Iba para el negocio?- preguntó, nerviosa.
-Sí; de inmediato- contestó Ossipon-, tan pronto como leí el dia­rio.
En realidad, el camarada Ossipon había estado remoloneando por un buen par de horas en las cercanías de Brett Strett, incapaz de prepa­rar su mente para dar un paso definido. El robusto anarquista no era precisamente un audaz conquistador. Recordó que Mrs. Verloc nunca había respondido a sus miradas ni siquiera con el más leve signo de aliento. Además, pensó que el negocio debía estar vigilado por la poli­cía y el camarada Ossipon no quería que la policía se formara una idea exagerada de sus simpatías revolucionarias. Ni siquiera ahora sabía con precisión qué hacer. En comparación con sus usuales especulaciones amatorias, éste era un compromiso importante y serio. Ignoraba cuánto había de por medio y hasta dónde tendría que llegar para obtener lo que hubiese que obtener... suponiendo que hubiera alguna probabilidad. Estas perplejidades, al contener su júbilo, impartían a su tono una so­briedad muy acorde con las circunstancias.
-¿Puedo preguntarle adónde va?- inquirió con voz suave.
-¡No me lo pregunte!- gritó Mrs. Verloc con un estremecimiento de violencia sofocada. Toda su fuerte vitalidad retrocedía ante la idea de la muerte-. No interesa adónde iba...
Ossipon dedujo que ella estaba muy excitada pero perfectamente sobria. Se había quedado silenciosa a su lado por un momento y luego, de repente, hizo algo que él jamás hubiera esperado: deslizó la mano bajo su brazo. El hombre se espantó del acto en sí, por cierto, pero mucho más, también, por el palpable carácter resuelto de ese movi­miento.


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