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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.178

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No era así. Winnie había sido una buena hija porque había sido una devota hermana. Su madre siempre se había apoyado en ella. No podía esperar ni consuelo ni consejo maternos. Ahora que Stevie estaba muerto, el nexo parecía roto. No podía enfrentar a la vieja mujer con el horrible relato. Además, era demasiado lejos. El río era su destino en ese momento. Mrs. Verloc trató de olvidar a su ma­dre.
Cada paso le costaba un esfuerzo de voluntad que parecía ser el último posible. Mrs. Verloc se había arrastrado hasta más allá del brillo de la vidriera. «Al puente... y después abajo» se repetía con fiera obsti­nación. Extendió la mano justo a tiempo para afirmarse contra un farol. «No llegaré antes de la mañana», pensó. El miedo a la muerte paraliza­ba sus esfuerzos por escapar de la horca. Le parecía que se había esta­do arrastrando por esa calle durante horas. «No llegaré nunca», pensó. «Ellos me encontrarán vagando por las calles. «Es demasiado lejos.» Siguió apoyada, jadeante bajo su velo negro.
«Se le dio una caída de catorce pies.»
Empujó lejos de sí el farol, con violencia, y se encontró caminan­do. Pero otra ola de debilidad la superó como un inmenso mar, lleván­dole el corazón lejos del pecho. «No voy a llegar nunca», murmuró, detenida de pronto, oscilando en el mismo lugar donde estaba parada. «Nunca.»
Y al comprobar la imposibilidad absoluta de caminar hasta el más cercano de los puentes, Mrs. Verloc pensó en un viaje al exterior.
Se le ocurrió de repente. Los asesinos se escapan. Se escapan al extranjero. España o California. Meros nombres. El vasto mundo crea­do para la gloria del hombre era sólo un vasto blanco para Mrs. Verloc. No sabía qué camino elegir. Los asesinos tienen amigos, relaciones, gente que los ayude... tienen conocimientos. Ella no tenía nada. Era la más solitaria de las asesinas que alguna vez asestaran una puñalada mortal. Estaba sola en Londres: y toda la ciudad de maravillas y lodo, con su laberinto de calles y su masa de luces, estaba sumida en una noche sin esperanza, reposando en el fondo de un negro abismo del que ninguna mujer sin ayuda podía pensar en salir.
Se inclinó hacia adelante y dio un nuevo paso ciego, con un ho­rrendo temor de caer; pero al cabo de unos pocos pasos, inesperada­mente, sintió una sensación de apoyo, de seguridad. Levantó la cabeza y vio la cara de un hombre espiando muy cerca de su velo. El camarada Ossipon no le temía a las mujeres extrañas y ningún sentimiento de falsas delicadezas podía evitarle estrechar relaciones con una mujer aparentemente muy alcoholizada. El camarada Ossipon se interesaba por las mujeres.


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