El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.177
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«Se le dio una caída de catorce pies.»
Estas palabras también la afectaban físicamente. Su garganta se convulsionó en oleadas de resistencia al estrangulamiento; y la impresión del tirón fue tan vívida que se tomó la cabeza con ambas manos como para salvarla de caer de sus hombros. «Se le dio una caída de catorce pies.» ¡No! eso no debía ocurrir nunca. No podía soportar eso. Incluso el solo pensamiento era insoportable. No toleraba pensar en eso. Por ello Mrs. Verloc tomó la resolución de ir de inmediato a arrojarse al río desde uno de los puentes.
Esta vez logró acomodar su velo. Con la cara como enmascarada, toda de negro de la cabeza a los pies, a no ser por las flores de su sombrero, miró de modo mecánico el reloj. Pensó que debía haberse para-do. No podía creer que hubieran pasado sólo dos minutos desde la última vez que lo mirara. Por supuesto que no; debía haberse parado. En rigor, habían pasado tres únicos minutos desde que liberara el primer, profundo, aliviado suspiro después de la cuchillada hasta el momento en que Mrs. Verloc tomara la decisión de arrojarse en el Támesis. Pero ella no podía creerlo. Creía haber oído o leído que todos los relojes siempre se paran en el momento de un crimen para ruina del asesino. Pero no le importaba. «Al puente... y después abajo»... Sin embargo, sus movimientos eran despaciosos.
Se arrastró con esfuerzo a través del negocio y tuvo que sostenerse en el picaporte antes de encontrar la fortaleza necesaria para abrir la puerta. La calle la aterraba, ya que podía conducirla tanto a la horca como al río. Tropezó con el escalón de la entrada y cayó con la cabeza hacia adelante, los brazos abiertos, como una persona que cae por encima del parapeto de un puente. Esta entrada en el mundo abierto tuvo el gusto anticipado del ahogo; una humedad viscosa la envolvía, invadía su nariz, se adhería a su pelo. No estaba lloviendo, pero cada lámpara de gas tenía un pequeño halo amarillento de bruma. El carro y los caballos habían desaparecido y en la calle negra la vidriera de la casa de comidas para carreros, con las cortinas corridas, ponía un remiendo de sucia luz sanguinolenta brillando muy cerca de la calle.
Mrs. Verloc, arrastrándose con penuria hacia ese resplandor, pensó que era una mujer sin amigos. Era cierto. Tan cierto era que, en un vehemente deseo de ver una cara amistosa, no pudo pensar en nadie más que en Mrs. Neale, la sirvienta. No tenía relaciones; nadie iba a extrañar su sociedad. No hay que pensar que la viuda Verloc hubiera olvidado a su madre.
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