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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.176

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Ya no era el asesino del pobre Stevie. El único asesino que habría en el cuarto cuando la gente viniese a ver a Mr. Verloc sería... ¡ella misma!
Sus manos temblaban tanto que por dos veces falló en su intento de reacomodar el velo. Mrs. Verloc ya no era una persona lenta e irres­ponsable. Tenía miedo. La cuchillada a Verloc había sido nada más que un golpe, un golpe que la relevó de la agonía acorralada de gritos estrangulados en su garganta, de lágrimas disecadas en sus ojos ca­lientes, de la enloquecedora e indignante furia ante el atroz papel de­sempeñado por ese hombre- que ahora era menos que nada- al robarle a su muchacho. Había sido un golpe oscuramente preparado. La sangre goteando sobre el piso, desde el mango del cuchillo, lo había converti­do en un muy común caso de asesinato. Mrs. Verloc, que siempre se cuidaba de mirar hondo en las cosas, se veía compelida a mirar en el propio fondo de este asunto. No vio ni una cara obsesiva, ni una som­bra vituperante, ni una imagen de remordimiento, ninguna clase de concepción ideal. Vio allí un objeto. Ese objeto era la horca. Mrs. Verloc tenía miedo de la horca.
Le tenía un terror ideal. Nunca había puesto sus ojos en ese últi­mo argumento de la justicia de los hombres, excepto en láminas ilus­trativas de cierto tipo de cuentos, y primero la vio erguida contra un fondo negro y tormentoso, rodeada de cadenas y huesos humanos, circundada por pájaros que picoteaban los ojos de los hombres muer­tos. Esto era bastante terrorífico, pero Mrs. Verloc, aunque no era una mujer muy instruida, tenía conocimiento suficiente de las instituciones de su país como para saber que las horcas no se erigen ya, romántica­mente, en las riberas de ríos pantanosos o en llanuras barridas por los vientos, sino en los patios de las prisiones. Allí dentro, entre cuatro paredes altas, como en un hoyo, a la caída del sol, el asesino era lleva­do para su ejecución, en medio de una horrible quietud y, como siem­pre dicen los periodistas en los diarios, «en presencia de las autorida­des». Con los ojos fijos en el piso, las ventanas de la nariz trémulas de angustia y vergüenza, se imaginó sola entre un grupo de caballeros extraños, con sombreros de copa que, muy tranquilos, procedían a colgarla del cuello. ¡Eso... nunca! ¡Nunca! ¿Y cómo lo hacían? La imposibilidad de imaginar los detalles de esa silenciosa ejecución agregaba algo enloquecedor a su terror abstracto. Los diarios nunca daban más que un solo detalle, pero ese único, se colocaba siempre, con cierta afectación, al final de una magra nota. Mrs. Verloc recorda-ba su índole. Llegaba a su cabeza con un cruel y ardiente dolor, como si las palabras «se le dio una caída de catorce pies» hubiesen sido raya­das en su cerebro con una aguja al rojo.


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