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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.175

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Página 175 de 205


Mrs. Verloc observó esa trans­formación con sombras de ansiedad yendo y viniendo a través de su cara. Era un goteo oscuro, rápido, tenue... ¡Sangre!
Ante esta circunstancia imprevista, Mrs. Verloc abandonó su pose de ocio e irresponsabilidad.
Con un súbito sacudón a su falda y un débil grito, corrió hacia la puerta, como si el goteo fuera el primer signo de un diluvio destructor. En su camino chocó contra la mesa y le dio un empujón con ambas manos, como si se tratara de un ser vivo, con tanta fuerza que la hizo correr sobre sus cuatro patas un buen trecho, haciendo un sonido estre­pitoso, rechinante, mientras la fuente con la carne se estrellaba, pesada, sobre el piso.
Luego todo se aquietó. Al llegar a la puerta, Mrs. Verloc se detu­vo: un sombrero redondo, que había quedado a la vista al moverse la mesa, osciló con levedad sobre su copa en el viento de su huida.
XII
Winnie Verloc, la viuda de Mr. Verloc, la hermana del difunto y leal Stevie (que volara en pedazos en estado de inocencia y en la con­vicción de estar acometiendo una empresa humanitaria) no corrió más allá de la puerta del salón. En realidad se había alejado del simple goteo de la sangre, pero ése fue un movimiento de instintiva repulsión. Y allí se había detenido con los ojos fijos y la cabeza baja. Como si hubiera corrido durante largos años a través del pequeño salón, Mrs. Verloc, junto a la puerta, era una persona muy distinta de la mujer que había estado apoyada sobre el sofá, la cabeza un poco ida, pero por otro lado libre para disfrutar la profunda calma de su ocio e irresponsa­bilidad. Mrs. Verloc ya no sentía vértigos. Su cabeza estaba firme. Por otra parte, ya no estaba tranquila; tenía miedo.
Si evitaba mirar en dirección a su marido yacente, no era porque le temiese; Mr. Verloc no tenía un aspecto terrible. Se lo veía cómodo. Además, estaba muerto. Mrs. Verloc no abrigaba vanas ilusiones en cuanto a la muerte; nada trae de vuelta a los muertos, ni el amor ni el odio. Ellos no pueden hacer nada a nadie. Son nada. Su estado mental estaba teñido de una especie de austero desdén por ese hombre que se había dejado matar tan fácilmente. Había sido el amo de una casa, el marido de una mujer y el asesino de su Stevie. Y ahora no tenía ningún valor ni en uno ni en otro sentido. Tenía menos importancia práctica que las ropas que vestía, que su sobretodo, que sus botas... que ese sombrero tirado en el suelo. No era nada. No era digno de que nadie lo mirase.


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