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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.174

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Mrs. Verloc, que pensaba en imá­genes, no estaba acosada por visiones, porque no pensaba en nada. Y no se movió. Era una mujer gozando de completa irresponsabilidad y ocio sin fin, casi como un cadáver. Ni se movía ni pensaba. Tampoco lo hacía la envoltura mortal del difunto Verloc, reposando sobre el sofá. Excepto por su respiración, Mrs. Verloc estaba en perfecto acuer­do con él: ese acuerdo basado en la prudente reserva sin palabras su­perfluas y con pocas señas, que había sido el fundamento de la respeta­ble vida de hogar de ambos. Porque había sido respetable, cubriendo con una reticencia decente los problemas que podían surgir en la prác­tica de una profesión secreta y el comercio de mercaderías raras. Hasta el fin ese decoro había permanecido inalterado por chillidos impropios y otras efusiones fuera de lugar. Y después de esa cuchillada, la respe­tabilidad tenía su continuidad en la quietud y el silencio.
Nada se movió en el salón hasta que Mrs. Verloc levantó la cabe­za con lentitud y miró el reloj con desconfianza inquisitiva. Se había dado cuenta de que sonaba un tictac en el salón. Y el sonido fue cre­ciendo en sus oídos, mientras ella recordaba con claridad que el reloj de la pared era silencioso, tenía un murmullo inaudible. ¿Qué quería decir empezando a sonar tan recio de pronto? Su cuadrante indicaba las nueve menos diez. A Mrs. Verloc no le importaba el tiempo y el tictac continuó. Dedujo que podía no ser el reloj y su mirada tétrica se movió por las paredes, onduló y se volvió vaga, mientras aguzaba el oído para ubicar ese golpeteo. Tic, tic, tic.
Después de escuchar por un rato, Mrs. Verloc bajó la mirada, con deliberación, hacia el cuerpo de su marido. Su actitud de reposo era tan hogareña y familiar que pudo mirarlo sin sentirse perturbada por nin­guna novedad demasiado ilógica en los fenómenos de su vida de hogar. Mr. Verloc estaba en su habitual tiempo de ocio. Se lo veía cómodo.
Por la posición del cadáver, su cara no era visible para Mrs. Ver­loc, la viuda. Sus bellos ojos soñolientos, moviéndose en busca del rastro de ese sonido, se volvieron contemplativos al encontrar un ob­jeto de hueso pulido que sobresalía un poco más allá del borde del sofá. Era el mango del doméstico cuchillo de trinchar, y no tenía nada de extraño excepto su posición perpendicular en relación al chaleco de Verloc, y al hecho de que algo goteaba de él. Oscuras gotas caían sobre la alfombra, una tras otra, con un repiqueteo que crecía rápido y furio­so como el pulso de un reloj enloquecido. En su máxima velocidad ese sonido se convirtió en un continuo fluir.


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