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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.173

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Mr. Verloc oía el crujido de las tablas del piso y estaba contento.
Esperó. Su mujer se acercaba. Como si el alma sin hogar de Ste-vie se hubiese deslizado, para defenderla, al corazón de su hermana, guardiana y protectora, el parecido de la cara de ella con la de su her-mano crecía a cada paso, incluso en el labio inferior caído, incluso en el leve estrabismo de los ojos. Pero Mr. Verloc no vio nada de eso. Recostado sobre su espalda, miraba hacia arriba. En parte sobre la pared y en parte sobre el cielo raso, vio la sombra móvil de un brazo con una mano que empuñaba un cuchillo de trinchar. Se agitaba de arriba hacia abajo. Sus movimientos eran pausados, tan pausados como para que Verloc reconociera el brazo y el arma.
Fueron tan lentos como para que él abarcara el sentido completo del portento y gustara el sabor de la muerte surgiendo en su garganta. Su mujer se había sumergido en una locura delirante... una locura ase­sina. Fueron tan lentos como para que el primer efecto paralizador de ese descubrimiento se desvaneciera ante una resuelta determinación de salir victorioso de la lucha repugnante con esa lunática armada. Fueron tan lentos como para que Verloc elaborara un plan de defensa que incluía zambullirse bajo la mesa y tirar al suelo a la mujer con una pesada silla de madera. Pero no fueron tan lentos como para permitir que tuviera tiempo de mover una mano o los pies. El cuchillo ya estaba hundido en su pecho. No encontró resistencia en su camino. El azar tiene esas exactitudes. En esa cuchillada, descargada del lado del cora­zón, Mrs. Verloc había puesto toda la herencia de sus inmemoriales y oscuros ancestros, la simple ferocidad del tiempo de las cavernas, y la furia desequilibrada del tiempo de las cavernas. Mr. Verloc, el Agente Secreto, apenas vuelto de costado por la fuerza de la cuchillada, expiró sin mover ni una mano, en el murmullo de la palabra «no», a modo de protesta.
Mrs. Verloc había soltado el cuchillo y, desvanecida su extraordi­naria semejanza con su difunto hermano, tenía su aire habitual. Exhaló un profundo suspiro, el primer suspiro aliviado desde que el jefe Ins­pector Heat le había mostrado el trozo del sobretodo de Stevie con la etiqueta. Se inclinó hacia adelante y se apoyó con los brazos doblados sobre el brazo del sofá. Y se puso en esa actitud no para observar el cuerpo de Mr. Verloc o regocijarse con su obra, sino porque todo el cuarto ondulaba y giraba como si estuviera en alta mar, durante una tormenta. Se sentía aturdida pero tranquila. Se había convertido en una mujer libre, con un grado perfecto de libertad, que no le dejaba desear nada, ni hacer nada en absoluto, ya que sobre su devoción no pesaba ahora la urgente demanda de Stevie.


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