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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.172

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Habían tenido que juntarlo con una pala: Estremecimientos irreprimibles la hicieron temblar mientras veía ante sí esa herramienta con su lívida carga recogida del suelo. Mrs. Verloc cerró sus ojos con desesperación, arrojando sobre esa escena la noche de sus párpados, donde después de una lluvia de extremidades mutiladas, la cabeza decapitada de Stevie quedaba suspendida, sola, e iba desapareciendo con lentitud, como la última estrella de una función de pirotecnia. Mrs. Verloc abrió los ojos.
Su rostro ya no era de piedra. Cualquiera hubiera notado el cam-bio sutil en sus facciones, en la mirada de sus ojos, que le daban una expresión nueva y espantosa: una expresión pocas veces observada por personas competentes en condiciones de comodidad y seguridad exigi-das por los análisis completos, pero cuyo significado no podía malen­tenderse. Las dudas de Mrs. Verloc en cuanto al final del pacto ya no existían; sus sentidos, ya sin disociación, trabajaban bajo el control de su voluntad. Pero Mr. Verloc nada observó. Estaba reposando en la patética disposición del optimismo inducido por el exceso de fatiga. No quería más inconvenientes- tampoco con su mujer- con nadie en el mundo. Había estado irreprochable en su justificación. Era amado por sí mismo. Consideraba favorable la presente fase del silencio de su mujer. Éste era el momento de la reconciliación. El silencio había durado bastante. Lo rompió llamándola en voz baja:
-Winnie.
-Sí- respondió, obediente, Mrs. Verloc, la mujer libre. Ahora tenía el dominio de sus sentidos, de sus órganos vocales; se sintió con un casi sobrenatural y perfecto control de cada fibra de su cuerpo: le per­tenecía por entero, porque el trato llegaba a su fin. Se sentía perspicaz; tenía que volverse astuta. Deseó que ese hombre no cambiara su posi­ción sobre el sofá, que era muy adecuada a las circunstancias. Tuvo éxito. El hombre no se movió. Pero después de contestarle, ella se quedó apoyada con negligencia contra la mesilla de la chimenea, en la actitud de un caminante que descansa. No tenía apuro. Su frente estaba húmeda. La cabeza y los hombros de Verloc estaban ocultos de ella por el brazo del sofá. Mantuvo sus ojos fijos en los pies de él.
En medio de esa misteriosa quietud y repentino sosiego, oyó a Mr. Verloc, con un acento de autoridad marital, mientras se movía para hacerle lugar en el borde del sofá.
-Ven aquí- dijo con un tono que bien podía ser de brutalidad pero que Mrs. Verloc, en lo íntimo, reconoció como de deseo.
Avanzó de inmediato, como si aún fuese la mujer leal unida a ese hombre por un contrato inviolado. Su mano derecha rozó apenas la punta de la mesa y cuando ella terminó de pasar hacia el sofá, el cuchi­llo de trinchar se había desvanecido sin el menor ruido del borde del plato.


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