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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.171

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Era experta en ese arte domésti­co. Mr. Verloc se arrojó sobre el sofá con pesadez, sin cuidarse del destino de su sombrero, como siempre; acostumbrado a cuidarse solo, el sombrero se encontró un refugio bajo la mesa.
Estaba cansado. La última partícula de su fuerza nerviosa se había gastado en los portentos y agonías de esa jornada llena de fallas sor­prendentes, que llegaban después de un mes de planes e insomnios. Estaba cansado. Un hombre no es de piedra. ¡Maldito sea! Mr. Verloc reposaba como siempre, vestido con sus ropas de calle. Una punta de su sobretodo abierto se apoyaba, en parte, en el piso. Mr. Verloc aco­modó su espalda; pero anhelaba un descanso más perfecto... sueño... unas horas de delicioso olvido. Eso vendría más tarde. Por ahora des­cansaba. Y pensó: «me gustaría que diera por terminado este maldito disparate. Es exasperante».
Debía haber algo imperfecto en el sentimiento que Mrs. Verloc experimentaba en cuanto a su libertad recuperada. En lugar de dirigirse hacia la puerta, se recostó contra la mesilla de la chimenea, como el caminante que descansa contra un cerco. Un toque salvaje se despren­día del negro velo, colgando como un trapo contra su mejilla, y de la fijeza de su mirada negra, en la que la luz, del cuarto se ahogaba sin dejar el menor rastro de brillo. Esta mujer, capaz de un trato, cuya mera sospecha hubiese trastornado al infinito la idea que Mr. Verloc tenía acerca del amor, permanecía irresoluta, como si tuviera escrúpu­los de lo que por su parte quería para cerrar formalmente la transac­ción. Sobre el sofá, Mr. Verloc movió sus hombros para mejor acomo­darse, y desde la plenitud de su corazón emitió un deseo que, sin duda, era tan piadoso como cualquier otra cosa proveniente de ese mismo manantial.
-¡Dios! ¡Ojalá nunca hubiera visto el Greenwich Park ni nada de lo que le pertenece!- gruñó con voz ronca.
El rumor amortecido llenó el cuarto con su volumen moderado, muy apto para expresar la modesta naturaleza del deseo. Las ondas de aire, de adecuada longitud, propagadas de acuerdo con correctas fór­mulas matemáticas, fluyeron envolviendo todas las cosas inanimadas que había en el cuarto y tocaron la cabeza de Mrs. Verloc como si hubiese sido una cabeza de piedra. Y por increíble que pueda parecer, los ojos de Mrs. Verloc crecieron de tamaño. El deseo audible del corazón rebosante de Mr. Verloc manó hasta un lugar vacío en la me­moria de su mujer. Greenwich Park. ¡Un parque! ¡Ah! es donde mató al chico. Un parque... ramas destrozadas, hojas rotas, grava, trozos de carne y huesos fraternos, todo volando en humo, como en los fuegos artificiales. Recordó ahora lo que había oído y lo recordó pictórica­mente.


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