El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.170
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¿Qué diablos hiciste? Cualquiera diría que lo hacías con algún fin. Y maldito si estoy seguro de que no fuera así. No hay que decir que mucho de lo que pasa te lo debías tener bien callado con tu maldita manera a-mí-qué-me-importa de mirar a ninguna parte en especial y no decir nada...
Su voz ronca, doméstica, se acalló por un rato. Mrs. Verloc no replicó. Ante ese silencio se sintió avergonzado por lo que había dicho. Pero muy a menudo les pasa a los hombres pacíficos que, en las disputas caseras, al sentirse avergonzados promueven otro problema.
-Tienes una manera diabólica de frenar tu lengua, a veces- comenzó otra vez, sin levantar la voz-. Suficiente como para volver locos a algunos hombres. Es una suerte para ti que yo no me salga de mis casillas con tanta facilidad como algunos, con tus enojos sordomudos. Yo te tengo cariño. Pero no vayas tan lejos. No es momento para eso. Tendríamos que estar pensando qué es lo que debemos hacer. Y no te puedo dejar ir esta noche, galopando a ver a tu madre con algún cuento loco sobre mí. No lo voy a tolerar. Y no te equivoques: si piensas que yo maté al muchacho, entonces tendrás que pensar que tú lo mataste tanto como yo.
En cuanto a sentimiento sincero y enunciación abierta, estas palabras superaban en mucho todo lo que se había dicho antes en esa casa, mantenida con el salario de una industria secreta, apenas abastecida con la venta de mercaderías más o menos secretas: los pobres medios inventados por una humanidad mediocre para preservar una sociedad imperfecta de los riesgos, secretos también, de la corrupción física y moral de sus componentes. Fueron dichas porque Mr. Verloc se sentía de veras ultrajado; pero las reticentes decencias de esta vida de hogar, anidada en una calle sombría, detrás de un negocio donde jamás brilló el sol, seguían en apariencia inalterables. Mrs. Verloc lo escuchaba con perfecto dominio de sí, y luego se paró, con su sombrero y el abrigo, como una visita que ha llegado al final de su deber. Avanzó hacia su marido, adelantando un brazo como en una silenciosa despedida. El velo de tul, que colgaba de una punta al costado izquierdo de su cara, daba un aire de formalidad desordenada a sus movimientos reprimidos. Pero cuando llegó hasta la alfombrilla de la chimenea, Mr. Verloc ya no estaba allí. Se había dirigido hacia el sofá, sin levantar los ojos para comprobar el efecto de su discurso. Estaba cansado, resignado, en un estilo de veras marital. Pero se sentía herido en el tierno espacio de su secreta debilidad. Si ella quería seguir enfurruñada en ese espantoso silencio sobrecargado, que lo hiciera.
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