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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.168

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.. Volar hacia su madre, por supuesto.
La idea de que las mujeres son, después de todo, criaturas fasti­diosas, se presentó en su fatigado cerebro. Pero era demasiado genero­so para darle cabida más que por un instante. Ese hombre, herido en forma cruel en su vanidad, seguía siendo magnánimo en su conducta, y ni siquiera se permitía la satisfacción de una amarga sonrisa o de un gesto desdeñoso. Con verdadera grandeza de alma, echó una mirada hacia el reloj de madera colgado en la pared y dijo en perfecta calma pero con tono forzado:
-Las ocho y veinticinco, Winnie. No tiene sentido ir allá tan tarde. No podrás regresar esta noche.
Ante su brazo extendido, Mrs. Verloc se paró por un segundo. Él agregaba, con pesadez:
-Tu madre se habrá ido a la cama antes de que llegues allá. Ésta es una noticia que puede esperar.
Nada estaba más lejos de los pensamientos de Mrs. Verloc que ir a ver a su madre. Retrocedía ante esa idea y, al tocar una silla, obede­ció a la sugestión del contacto y se sentó. Su intento había sido sim­plemente el de salir de allí para siempre. Y si este sentimiento era co­rrecto, su forma mental tomó un esquema poco refinado, correspon­diente al origen de la mujer y a su rango. «Prefiero andar por la calle por el resto de mis días», pensó. Pero esta criatura, cuya moral había estado sujeta a un golpe del que, en el orden físico, el más violento terremoto de la historia sólo sería una débil y lánguida reproducción, estaba a merced de fruslerías, de contactos casuales. Se sentó. Con el sombrero y el velo tenía el aspecto de una visita, como si hubiese ido a ver a Mr. Verloc por un momento. Su inmediata docilidad dio fuerzas a su marido, en tanto que ese aspecto de aquiescencia sólo temporaria era una provocación.
-Permíteme que te diga, Winnie- dijo con autoridad- que tu lugar está aquí esta noche. ¡Maldita sea! tú trajiste la condenada policía, metida por todas partes en mis asuntos. No te lo reprocho... pero de todos modos es tu responsabilidad. Más bien tendrías que quitarte ese maldito sombrero. No te puedo dejar salir, viejita- agregó, suavizando la voz.
La mente de Mrs. Verloc se hizo cargo de esa declaración con una mórbida tenacidad. El hombre que se había llevado a Stevie bajo sus mismas narices, para asesinarlo en un lugar cuyo nombre no estaba presente en su memoria ahora, no quería permitirle que se fuera. Por supuesto que no. Ahora que había asesinado a Stevie no quería dejarla ir jamás. Quería conservarla sin motivos. Con este característico razo­namiento, lleno de toda la fuerza de una lógica insana, trabajaban en la práctica los sentidos disociados de Mrs.


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