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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.167

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Durante esta refección se le ocurrió pensar que no escuchaba los movimientos de su mujer en el dormitorio, como tendría que haber sido. El pensamiento de encon­trarla tal vez sentada, en la cama, a oscuras, no sólo le cortó el apetito, sino que llegó a desvanecerle la idea de seguirla de inmediato. Tras dejar el cuchillo de trinchar sobre el plato, Mr. Verloc escuchó con una atención agobiada de cuidados.
Se sintió confortado al oír que por fin ella se movía. De pronto había cruzado el cuarto y ahora abría la ventana. Después de un rato de quietud en el lugar, durante el cuál se la figuró asomando la cabeza, oyó cómo bajaba lentamente el vidrio. Luego dio unos pasos y se detu­vo. Cada resonancia de su casa le era muy familiar a Mr. Verloc, él estaba domesticado por entero. A continuación, cuando oyó las pisadas de su mujer por encima de su cabeza, supo tan bien como si la hubiera visto haciéndolo, que ella se había puesto sus zapatos de calle. Mr. Verloc movió apenas los hombros ante ese síntoma agorero y alejándo­se de la mesa se paró de espaldas al fuego, la cabeza a un lado, mor­diéndose las uñas, perplejo. Seguía el rastro de los movimientos de su mujer a través del ruido. Ella caminaba de aquí para allá, con violencia, con abruptas paradas, ahora frente a la cómoda, luego frente al guarda­rropa. Una enorme carga de fatiga, cosecha de un día de golpes y sor­presas, abatió las energías de Mr. Verloc.
No levantó los ojos hasta que oyó a su mujer bajando las escale­ras. Tal como había adivinado estaba vestida como para salir.
Mrs. Verloc era una mujer libre. Había abierto la ventana del dormitorio con la intención de gritar ¡asesino! ¡socorro!, o bien de tirarse a la calle. Porque no sabia exactamente qué hacer con su liber­tad. Era como si su persona se hubiera rasgado en dos, cuyas operacio­nes mentales no se ajustaban muy bien las de la una con las de la otra. La calle, silenciosa y desierta de uno a otro extremo, le resultaba re­pugnante por su apoyo a ese hombre que estaba tan seguro de su impu­nidad. No se atrevió a gritar por miedo a que nadie apareciese. Era evidente que nadie acudiría. Su instinto de autoconservación retrocedía ante la profundidad de una caída en esa especie de foso embarrado y hondo. Mrs. Verloc cerró la ventana y se vistió para ir a la calle por otro camino. Era una mujer libre. Se había vestido por completo, inclu­so con un velo negro sobre su cara. Cuando apareció delante de él, a la luz del salón, Mr. Verloc observó que llevaba su valijita de mano col­gando de su mano izquierda.


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