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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.166

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Verloc, él se hubiese sentido es­candalizado. En sus asuntos amorosos Mr. Verloc había sido siempre generoso pero cauto, aunque siempre sin más idea que la de ser amado por sí mismo. Sobre este tema, como sus nociones éticas estaban de acuerdo con su vanidad, era por completo incorregible. Estaba perfec­tamente seguro que ello debía ser así en el caso de su virtuoso y legal matrimonio. Se había vuelto viejo, gordo, pesado, en la creencia de que no carecía de fascinación para ser amado por sus propias condiciones. Cuando vio a Mrs. Verloc disponiéndose a salir fuera de la cocina sin una palabra, se sintió desilusionado.
-¿Adónde vas?- llamó con brusquedad-¿Arriba?
En la puerta, Mrs. Verloc se volvió hacia la voz. Un instinto de prudencia, nacido del temor, el excesivo temor de que ese hombre se acercara y la tocara, la indujo a hacerle una especie de mueca (desde lo alto de los dos escalones), con un estremecimiento en los labios, al que el optimismo conyugal de Mr. Verloc consideró como una descolorida e insegura sonrisa.
-Muy bien- la alentó con aspereza-. Descanso y tranquilidad es lo que necesitas. Ve. Dentro de un rato estaré contigo.
Mrs. Verloc, la mujer libre que no había pensado en realidad ha-cia dónde iba a ir, obedeció la sugerencia con porte rígido.
Mr. Verloc la observó, mientras desaparecía por la escalera. Esta­ba desilusionado. En su interior había algo que hubiera querido que ella se refugiara sobre su pecho. Pero era generoso e indulgente. Win­nie siempre había sido poco efusiva y silenciosa. Tampoco Mr. Verloc era pródigo en caricias y palabras, por lo común. Pero ésa no era una noche como todas. Era una ocasión en la que un hombre quiere ser sostenido y vigorizado por pruebas evidentes de simpatía y afecto. Mr. Verloc suspiró y apagó la luz de gas en la cocina. La simpatía hacia su mujer era genuina e intensa. Esto casi le arrancó lágrimas de los ojos cuando se detuvo en el salón, reflexionando acerca de la soledad que pendía sobre su cabeza. Con esta disposición de ánimo, Mr. Verloc echaba de menos a Stevie, liberado ya de este mundo difícil. Lleno de pesadumbre pensó en el fin del muchacho. ¡Si al menos el chico no se hubiera destruido tan estúpidamente!
La sensación de hambre implacable, no desconocida después del esfuerzo de una empresa azarosa por aventureros de más fibra que Mr. Verloc, se abatió sobre él otra vez. El trozo de carne, yacente allí como una comida funeral en las exequias de Stevie, se ofrecía con generosi­dad a su vista. Y Mr. Verloc volvió a comer. Comió vorazmente, sin moderación ni decencia, cortando gruesas rebanadas con el filoso cu­chillo de trinchar y tragándolas sin pan.


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