El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.165
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El tono seguro de sí fue creciendo en los oídos de Mrs. Verloc, que dejaba correr la mayoría de las palabras; porque ¿qué eran las palabras, ahora, para ella? ¿Qué podían hacer por ella las palabras, para bien o para mal, frente a su idea fija? Su mirada negra seguía a ese hombre que estaba asegurándose la impunidad, el hombre que se había llevado del hogar al pobre Stevie para matarlo en cualquier parte. Mrs. Verloc no podía recordar con exactitud dónde, pero su corazón empezó a latir en forma muy perceptible.
Mr. Verloc, con un tono suave y conyugal, expresaba ahora su firme creencia de que después habría para ambos, todavía, unos buenos años de vida tranquila. No se refirió al problema de los recursos. Una vida tranquila debe ser, por así decir, un pichón en la sombra, oculto entre los hombres, cuya carne es pasto; modesta, como la vida de las violetas. Las palabras usadas por Mr. Verloc eran: «ocultarse un tiempito». Y lejos de Inglaterra, por supuesto. No estaba claro si Mr. Verloc pensaba en España o en América del Sur; de todos modos, tendría que ser algún lugar lejano.
Esta última palabra, al llegar a los oídos de Mrs. Verloc, produjo una impresión definida. Ese hombre estaba hablando de ir lejos. La impresión estaba desconectada por completo. Y tanta es la fuerza del hábito mental que Mrs. Verloc, de inmediato y en forma automática, se preguntó: «¿y qué hacemos con Stevie?» Fue una especie de descuido; pero al instante comprendió que ya no había motivo para ansiedades de esa índole. Ya nunca más habría motivo. El pobre muchacho había sido llevado lejos y asesinado. El pobre muchacho estaba muerto.
Ese descuido trepidante estimuló la inteligencia de Mrs. Verloc. Comenzó a percibir ciertas consecuencias, que hubieran sorprendido a Mr. Verloc. Ya no era necesario que ella estuviera allí, en esa cocina, en esa casa, con ese hombre... ya que el muchacho se había ido para siempre. Para nada necesario. Y entonces Mrs. Verloc se levantó como impulsada por un resorte. Pero no vio nada que la retuviera en el mundo. Y esa ineptitud la detuvo. Mr. Verloc la observaba con su solicitud marital.
-Ya pareces más dueña de ti- dijo, inquieto; algo peculiar en la negrura de los ojos de su mujer perturbaba su optimismo. En ese preciso momento Mrs. Verloc empezó a mirar por encima de ella misma, como si estuviera desligada de toda atadura terrena. Tenía su libertad. Su contrato con la existencia, representado por ese hombre de pie allí, había llegado a su fin. Era una mujer libre, Si este punto de vista se hubiera hecho perceptible para Mr.
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