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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.164

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Por su extrema discordancia con el estado mental que la dominaba, esas palabras le produjeron un efecto sofocante. La condición mental de Mrs. Verloc tenía el mérito de la simplicidad; pero no era profunda. Estaba demasiado determinada por una idea fija.
Cada pliegue y cada rincón de su cerebro estaba lleno del pensa­miento de que este hombre, con el que ella había vivido sin disgusto por siete años, se había llevado lejos de ella a ese para matarlo... el hombre para el que había crecido adaptándose en cuerpo y alma; el hombre en quien había confiado ¡se llevó al muchacho para matarlo! En su forma, en su substancia, en su efecto, que era universal, alterando incluso el aspecto inanimado de las cosas, era un pensa­miento para permanecer y maravillar por siempre jamás. Mrs. Verloc no se movía. Y a través de ese pensamiento (no a través de la cocina) la forma de Mr. Verloc iba y venía, familiar, de sobretodo y sombrero, triturándole con las botas el cerebro. Tal vez también estuviera hablan­do; pero el pensamiento de Mrs. Verloc cubría, durante casi todo el tiempo, esa voz. Entonces y ahora, sin embargo, la voz quería hacerse oír. Varias palabras conectadas emergían por momentos. En general, su mensaje era esperanzado. En cada una de estas ocasiones las dilatadas pupilas de Mrs. Verloc, perdiendo su fijeza lejana, seguían los movi­mientos de su marido con el efecto de una negra inquietud e impene­trable atención. Bien informado sobre todos los temas conectados con su ocupación secreta, Mr. Verloc hacía buenos augurios para el éxito de planes y combinaciones. En verdad creía que sería fácil para él, después que hubiera pasado todo, escapar al cuchillo de los revolucio­narios furibundos. Había exagerado la fuerza de esa furia y la longitud de sus brazos (por motivos profesionales) demasiado a menudo para hacerse muchas ilusiones en uno u otro sentido. Porque para exagerar con criterio uno tiene que empezar por medir con finura. Sabía también cuánta virtud y cuánta infamia se olvidan en dos años... dos largos años. Su primer discurso confidencial de verdad para su mujer era optimista por convicción. También consideró buena política desplegar todas las seguridades que pudiera reunir. Eso daría ánimos a la pobre mujer. En el momento de su liberación que, en armonía con todo el estilo de su vida, tendría que ser secreta, por supuesto, se escabullirían juntos sin pérdida de tiempo. En cuanto a borrar los rastros, le suplica­ba a su mujer que confiara en él para eso. Sabía cómo había que ha­cerlo de modo que ni el mismo diablo...
Agitó la mano. Parecía alardear. Sólo quería animarla. La inten­ción era benévola, pero Mr. Verloc tenía la poca fortuna de estar en desacuerdo con su audiencia.


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