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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.163

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No importa, no quiero hablar más de eso- continuó Mr. Verloc, con magnanimidad-. No podías saber.
-No podía- exhaló Mrs. Verloc. Fue como si su cuerpo hablara. Mr. Verloc retomó el hilo de su discurso.
-No te lo reprocho. Yo voy a tener los ojos bien despiertos. Una vez que me encierren con llave y candado, voy a estar a salvo como para hablar... tú entiendes. Tienes que calcular que voy a estar lejos de ti dos años- continuó, en tono de sincera inquietud-. Será más fácil para ti que para mí. Tendrás algo que hacer, mientras que yo... Mira, Win­nie, lo que tienes que hacer es mantener en marcha este negocio por dos años. Sabes lo suficiente para eso. Tienes buena cabeza. Te manda­ré decir en qué momento tendrás que venderlo. Tendrás que ser suma­mente cuidadosa. Los camaradas tendrán un ojo encima tuyo todo el tiempo. Deberás ser tan astuta como sabes serlo y tan muda como una tumba. Nadie debe saber qué estás por hacer. No quiero un golpe en la cabeza o una puñalada ni bien salga.
Así habló Mr. Verloc, poniendo su mente con ingenuidad y previ­sión en los problemas del futuro. Su voz era sombría, porque tenía una correcta apreciación de los hechos. Todas las cosas que no hubiera querido que ocurrieran habían ocurrido. El futuro se había vuelto pre­cario. Tal vez su juicio se hubiera oscurecido de momento por su terror a la truculenta locura de Mr. Vladimir. Un hombre que está por encima de los cuarenta puede ser disculpado si se entrega a un considerable desorden ante la perspectiva de perder su empleo, muy en especial si ese hombre es un agente secreto de la policía política, que vive seguro en la conciencia de su alto valor y en la estima de importantes perso­najes. Se lo podía perdonar.
Ahora la cosa había terminado en un desastre. Mr. Verloc estaba frío; pero no contento. Un agente secreto que echa a los cuatro vientos su información por deseo de venganza, y ostenta sus logros ante la opinión pública, se convierte en el blanco de la indignación desespera­da y sedienta de sangre. Sin indebida exageración del peligro, Mr. Verloc trataba de plantearlo con claridad ante los ojos de su mujer. Le repitió que no tenía intención de dejar que los revolucionarios lo borra­ran.
Miró derecho a los ojos de su mujer. Las enormes pupilas recibie­ron su mirada en insondables profundidades.
-Te quiero demasiado para eso dijo él, con una risita nerviosa.
Un débil rubor coloreó el rostro lívido e inmóvil de Mrs. Verloc. Una vez terminada la visión de su pasado, no sólo había oído sino que también había comprendido las palabras pronunciadas por su marido.


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