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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.162

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Esta reserva, que en cierto modo expresaba la profunda confianza del uno en el otro, introducía a la vez un cierto elemento de vaguedad en sus instantes íntimos. Ningún sistema de relaciones conyugales es perfecto. Mr. Verloc estimaba que su mujer lo había comprendido, pero se hubiera alegrado de oírle decir qué estaba pensando en ese momento. Hubiese sido un alivio.
Había varias razones por las que se le negaba ese alivio. Había un obstáculo físico: Mrs. Verloc no tenía suficiente dominio de su voz. No veía diferencias entre un chillido y el silencio y, por instinto, eligió el silencio. Winnie Verloc era una persona silenciosa por temperamento. Y estaba la paralizante atrocidad del pensamiento que la poseía. Sus mejillas estaban blancas, sus labios cenicientos, su inmovilidad pasma­ba. Y pensó sin mirar a Mr. Verloc: «este hombre se llevó al chico para asesinarlo. ¡Se llevó al chico para asesinarlo!» Todo el ser de Mrs. Verloc se despedazaba ante ese pensamiento incoherente y enloquece­dor. Estaba en sus venas, en sus huesos, en las raíces de su pelo. Men­talmente asumía la bíblica actitud del luto: la cara cubierta, las vestidu­ras rasgadas; el sonido de lloros y lamentos llenaba su corazón. Pero sus dientes se apretaban con violencia y sus ojos secos hervían de furia, porque no era una criatura sumisa. En su origen, la protección que había extendido sobre su hermano tenía una naturaleza fiera e indigna­da. Tuvo que amarlo con un amor militante. Batalló por él... incluso contra sí misma. Perderlo tuvo la amargura de una derrota, con la an­gustia de una pasión frustrada. No fue el golpe común de una muerte. Además, no fue la muerte quien se llevó de su lado a Stevie. Fue Mr Verloc quien se lo llevó. Ella lo había visto. Lo había contemplado, sin levantar una mano dejó que se lo llevara. Y lo había dejado ir como... una tonta... una tonta ciega. Luego, después de asesinar al chico, había vuelto a casa, a buscarla. Volvió a la casa como cualquier otro hombre volvería al hogar, a su mujer...
A través de sus dientes apretados Mrs. Verloc musitó a la pared:
-Y yo pensé que se había resfriado.
Mr. Verloc oyó esas palabras y se adueñó de ellas.
-No es nada- dijo, pensativo-. Estoy trastornado. Estoy trastorna­do por ti.
Mrs. Verloc, girando con lentitud la cabeza, trasladó su mirada de la pared a su marido. Mr. Verloc, con las puntas de los dedos entre los labios, estaba mirando el suelo.
-No se puede hacer nada- musitó, dejando caer las manos-Tienes que dominarte. Vas a necesitar todas tus fuerzas. Fuiste tú quien trajo la policía hasta nuestras narices.


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