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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.161

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¿Eh? ¿Qué?
Miró hacia los costados con la cabeza baja. Mrs. Verloc miraba hacia la pared blanca. Una pared limpia... perfectamente limpia. Una blancura como para correr y estrellar la cabeza contra ella. Mrs. Verloc seguía sentada de modo inamovible. Estaba tan quieta como lo estaría la población de la mitad del globo, si el sol desapareciera de pronto en un cielo de verano por la perfidia de una providencia en la que se con­fiaba.
-La Embajada- empezó otra vez Mr. Verloc, luego de una mueca preliminar que dejó ver sus dientes lobunos-. Me gustaría meterme ahí con un garrote durante media hora. Iba a golpear hasta que no quedara ni una sola pierna izquierda entera en todo el montón. Pero no importa, ya les voy a enseñar qué significa querer tirar a un hombre como yo para que se pudra en las calles. Yo tengo lengua. Todo el mundo sabrá qué hice por ellos. No tengo miedo. No me importa. Todo va a salir afuera; cada maldita cosa. ¡Que se asomen nomás!
En estos términos Mr. Verloc declaraba su sed de venganza. Era una venganza muy apropiada. Estaba acorde con los impulsos del ge­nio de Mr. Verloc. También tenía la ventaja de estar dentro del radio de sus poderes y de ajustarse muy bien a la práctica de toda su vida, que consistiera en traicionar los secretos y procedimientos ilegales de sus compañeros. Anarquistas o diplomáticos, todos eran uno para él. Por temperamento, Mr. Verloc no era un aceptador de personas. Su desdén se distribuía por igual sobre todo el campo de sus operaciones. Pero como miembro del proletariado revolucionario- como sin dudas lo era­alimentaba un sentimiento más bien inamistoso hacia las diferencias sociales.
Nada en la tierra puede pararme ahora agregó, e hizo una pausa, mirando con fijeza a su mujer, que estaba mirando con fijeza la pared blanca.
El silencio en la cocina se prolongó y Mr. Verloc se sintió desilu­sionado. Había supuesto que su mujer le diría algo. Pero los labios de Mrs. Verloc, tranquilos como siempre, conservaron la inmovilidad de estatua que tenía el resto de la cara. Y Mr. Verloc estaba desilusionado. Aunque la ocasión- él lo reconocía- no demandaba palabras de parte de ella. Era una mujer de muy pocas palabras. Por motivos insertos en las mismas bases de su psicología, Mr. Verloc se inclinaba a poner su confianza en cualquier mujer que se le hubiese entregado. Por eso confiaba en su mujer. La armonía entre ellos era perfecta, pero no era definida. Era un acuerdo tácito, adecuado a la incuria de Mrs. Verloc y a los hábitos mentales de Mr. Verloc, que eran indolentes y secretos. Ambos se cuidaban de ir al fondo de los hechos y a sus motivaciones.


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