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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.160

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Pera esta visión tenía el hálito de un cálido verano de Londres, y como figura central un hombre jo­ven, con sus mejores ropas domingueras, con un sombrero de paja sobre el pelo oscuro y una pipa de madera en la boca. Afectivo y ale­gre, era un compañero maravilloso para viajar hacia la relumbrante corriente de la vida; sólo que su bote era muy chico. En él había lugar para una compañera, pero no podía subir ningún pasajero. Se le permi­tió irse a la deriva, lejos del umbral de la mansión belgraviana, mien­tras Winnie volvía sus ojos llenos de lágrimas. Ese joven no era un huésped. Huésped era Mr. Verloc, indolente, se acostaba tarde, semi­dormido y chistoso desde la cama por las mañanas, pero con destellos amorosos en sus ojos de pesados párpados, y siempre con algún dinero en el bolsillo. No relumbraba la corriente perezosa de esa vida; fluía por lugares secretos. Pero el suyo era un barco grande y su taciturna magnanimidad aceptaba, como hecho consumado, la presencia de pasajeros.
Mrs. Verloc siguió con la visión de siete años de seguridad para Stevie, lealmente pagados por parte de ella; de seguridad que se acre­centaba como confianza en un sentimiento doméstico, estancado y profundo, como una tranquila pileta cuya protegida superficie apenas se estremeció ante el ocasional pasaje del camarada Ossipon, el robusto anarquista de ojos que invitaban, faltos de vergüenza, con esa mirada que tenía la claridad corrupta suficiente para iluminar a cualquier mu­jer que no fuese imbécil.
Unos pocos segundos habían transcurrido desde que se pronun­ciara la última palabra en voz alta en la cocina, y Mrs. Verloc ya estaba contemplando la visión de un episodio que no tenía más de quince días. Con ojos de pupilas dilatadísimas, observaba la visión de su marido y el pobre Stevie caminando por Brett Street, uno junto al otro, alejándo­se del negocio. Era la última escena de una existencia creada por el genio de Mrs. Verloc; una existencia extraña a toda gracia y encanto, sin belleza y casi sin decencia, pero admirable en la continuidad de sentimiento y en la tenacidad de fines. Y esta última visión tenía tanto relieve plástico, tanta cercanía de forma, tanta fidelidad de detalles sugestivos, que arrancó de Mrs. Verloc un murmullo angustioso y débil, que reproducía la suprema ilusión de su vida, un aterrador mur­mullo que murió sobre sus labios emblanquecidos.
-Parecían padre e hijo.
Mr. Verloc se detuvo y levantó su cara agobiada.
-¿Eh? ¿Qué dijiste?- preguntó. Al no recibir respuesta retomó su siniestra caminata. Luego, mientras blandía la amenaza de un puño gordo y carnoso, estalló:
-Sí. La gente de la Embajada. ¡Linda caterva son ésos! En menos de una semana voy a hacer que algunos de ellos ansíen estar a veinte pies bajo tierra.


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