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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.159

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Las exigencias del temperamento de Mrs. Verloc, que, cuando se desnudaba de su reserva filosófica, era maternal y violento, la obligaban a revolver toda una serie de pensamientos en su cabeza inmóvil. Esos pensamientos eran más imaginados que expre­sados. Mrs. Verloc era una mujer de poquísimas palabras, tanto para usar en público como en privado. Con el furor y el desaliento de una mujer traicionada, repasó el curso de su vida en visiones, que, en su mayoría, se referían a la difícil existencia de Stevie desde sus primeros días. Era una vida con un único objetivo y una noble unidad de inspira­ción, como esas raras vidas que han dejado su impronta en los pensa­mientos y sentimientos de la humanidad. Pero las visiones de Mrs. Verloc carecían de nobleza y magnificencia. Se veía a sí misma po­niendo al chico en la cama, a la luz de una sola vela, en el piso superior desierto de una «casa de negocios», oscura bajo el techo y chisporro­teante en exceso con las luces y cristales biselados a nivel de la calle, como un palacio encantado. Ese resplandor impúdico era el único que se podía encontrar en las visiones de Mrs. Verloc. Recordaba cómo cepillaba el pelo del niño y ataba sus delantales ella misma de delantal toda; los consuelos dirigidos a una criatura pequeña y muy asustada por otra criatura casi tan pequeña pero no tan asustada; tuvo la visión de los golpes interceptados (a menudo con su propia cabeza); de una puerta que, con desesperación, trataba de mantener cerrada frente a la ira de un hombre (no por mucho rato); de un atizador arrojado una vez (no muy lejos) que apaciguó aquella particular tormenta, en el mudo y abrumador silencio que sigue al estallido de un trueno. Y todas estas escenas de violencia iban y venían acompañadas por el ruido grosero de las hondas vociferaciones provenientes de un hombre herido en su orgullo paterno, que declaraba tener encima una clara maldición, ya que uno de sus hijos era «un idiota baboso y la otra una diabla perver­sa». De ella se había dicho tal cosa, muchos años atrás.
Mrs. Verloc oyó otra vez esas palabras, fantasmales, y luego la funesta sombra de la mansión belgraviana descendió sobre sus hom-bros. Era un recuerdo quebrantador, una visión exhaustiva de inconta­bles mesitas de desayuno llevadas arriba y abajo por innumerables escaleras, de interminables regateos por un penique, de interminables horas de barrer, desempolvar, lavar, desde el sótano hasta el ático; mientras la madre impotente, tambaleándose sobre sus piernas hincha­das, cocinaba en una cocina grasienta y el pobre Stevie, el inconsciente genio que presidía todos sus afanes, embetunaba en el fregadero las negras botas de los señores huéspedes.


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