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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.158

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Verloc. Su impresión fue tan fuerte que echó una ojeada por encima del hombro. No había nada detrás de él: sólo estaba la pared impecable. El exce­lente marido de Winnie Verloc no vio nada escrito en la pared. Se volvió a su mujer otra vez, repitiendo, con cierto énfasis:
-Le hubiera apretado el cuello. Tan cierto como que estoy parado: si no hubiera pensado en ti, lo hubiese dejado medio ahogado antes de permitir que se levante. Y no creas que él hubiese llamado a la policía. No se hubiese atrevido. ¿entiendes por qué, no?
Guiñó hacia su mujer con aire cómplice.
-No- dijo Mrs. Verloc, la voz apagada, sin mirarlo para nada. ¿De qué estás hablando?
Un enorme desaliento, resultado de la fatiga, se abatió sobre Mr. Verloc. Había tenido un día muy agitado y sus nervios estuvieron en su máxima tensión. Después de un mes de preocupación enloquecedora, súbitamente desembocada en una catástrofe, el espíritu atormentado de Mr. Verloc ansiaba reposo. Su carrera de agente secreto había llegado a un final que nunca nadie pudo haber previsto; recién ahora, tal vez, lograría al menos un buen sueño nocturno. Pero al mirar a su mujer tuvo dudas. Se lo estaba tomando muy a la tremenda... no era total-mente dueña de sí, pensó. Hizo un esfuerzo para hablar.
-Tienes que calmarte, chiquita- dijo, comprensivo-. Lo que está hecho no puede deshacerse.
Mrs. Verloc se agitó apenas, aunque, al menos en su cara blanca, no se movió ni un músculo. Mr. Verloc, que no la estaba mirando, continuó, pesado:
-Vete a la cama ahora. Lo que necesitas es llorar un buen rato.
Esta opinión no tenía más aval que el general consenso de la hu­manidad. Se sabe en todo el universo que, como si no fuera nada más sustancial que el vapor que flota en el cielo, toda emoción de mujer está destinada a terminar en lluvia. Y es muy probable que si Stevie hubiera muerto en su lecho, bajo la mirada angustiosa de su hermana, entre sus brazos protectores, la congoja de Mrs. Verloc se hubiera aliviado en un diluvio de amargas y puras lágrimas. Tal como otros seres humanos, Mrs. Verloc estaba provista de una reserva de resigna­ción inconsciente, adecuada para encauzarse por las normales mani­festaciones del destino humano. Sin «romperse la cabeza en el asunto», sabía que no era bueno «pensar demasiado». Pero las lamentables circunstancias del fin de Stevie, que a los ojos de Mr. Verloc era un hecho episódico, parte de un desastre mayor, secaron sus lágrimas en su misma fuente. Era como el efecto de un hierro al rojo vivo sobre sus ojos; al mismo tiempo su corazón, endurecido y cristalizado como un montón de hielo, estremecía por dentro su cuerpo, mantenía sus fac­ciones en una inmovilidad frígida y contemplativa, encaminada a la pared blanca sin escrituras.


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