El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.157
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-No ha habido en los últimos once años un complot para asesinar a alguien en el que no haya puesto el dedo, con riesgo de mi vida. Hay listas de esos revolucionarios a los que hice echar, con sus bombas en los malditos bolsillos, para que los apresaran en la frontera. El viejo Barón sabía cuál era mi valor para su país. Y de pronto un chancho viene... un chancho ignorante y despótico.
Mr. Verloc bajó con lentitud los dos escalones y entró a la cocina, sacó un vaso de la alacena, y con él en la mano se acercó a la pileta, sin mirar a su mujer.
-No hubiera sido el viejo Barón quien cometiese la inicua locura de mandarme a llamar a las once de la mañana. Hay dos o tres en esta ciudad que, si me hubiesen visto entrar allí, no se hubieran andado con vueltas para romperme la cabeza, más tarde o más temprano. Era una treta tonta, criminal, exponer para nada a un hombre... como yo.
Mr, Verloc, abriendo la canilla de la pileta, vació tres vasos de agua en su garganta, uno tras otro, para apagar los fuegos de su indignación. La conducta de Mr. Vladimir fue como una tea encendida que puso llamas en su habitual economía interna. No podía dejar de ver la deslealtad de todo ese proceder. Este hombre, que no había querido trabajar en las actividades habituales que la sociedad impone a sus más humildes miembros, había ejercido su labor secreta con una devoción infatigable. En Mr. Verloc había acopio de lealtad. Había sido leal a sus empleadores por causa de la estabilidad (y también por su propio gusto), como quedó claro cuando, después de poner el vaso en la pileta, se volvió diciendo:
-Si no hubiera pensado en ti, hubiera agarrado a ese bruto fanfarrón del cuello y le hubiera metido la cabeza en el fuego. Lo hubiera convertido en poco más que un fósforo a ese rosadito, carita afeitada...
Mr. Verloc no se preocupó por terminar su idea, como si no pudiesen quedar dudas acerca de las palabras finales. Por primera ver, en su vida le hacía una confidencia a esa mujer carente de curiosidad. El carácter singular del hecho, la fuerza e importancia de los sentimientos personales excitados en el curso de esa confesión, eliminaron de la mente de Verloc el destino de Stevie. La existencia del muchacho, tartamudeante entre recelos e indignaciones, junto con la violencia de su fin, se había desvanecido del campo focal de Mr. Verloc por un rato. Por ese motivo, cuando la miró, se quedó espantado ante el aspecto de los ojos de su mujer. No era una mirada salvaje ni falta de atención, pero su atención era rara y poco satisfactoria, ya que parecía concentrada sobre algún punto puesto detrás de la persona de Mr.
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