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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.156

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Dio vueltas alrededor de la mesa del salón con su aire habitual de enorme animal enjaulado.
Al ser la curiosidad una de las formas de la autorrevelación, una persona no curiosa por sistema, siempre queda en el misterio, al menos en parte. Cada vez que pasaba junto a la puerta, Mr. Verloc observaba a su mujer con desasosiego. No era que le tuviese miedo a ella. Mr. Verloc se imaginaba a sí mismo amado por esa mujer. Pero no se había acostumbrado a hacerle confidencias. Y la confidencia que tenía que hacerle era de un profundo orden psicológico. ¿Cómo, en su ansiedad de practicar esa confidencia, podía decirle lo que él mismo sentía sólo de un modo vago: que hay fatales conspiraciones del destino, que a veces una idea crece en la mente hasta adquirir existencia propia, un poder independiente y específico, e incluso una voz sugestiva? No podía explicarle que un hombre puede ser obsesionado por una cara gorda, sarcástica, afeitada hasta tal punto que la idea de desembarazar­se de ella parezca cosa de nada.
Al hacer esta referencia mental al Primer Secretario de una gran Embajada, Mr. Verloc se detuvo frente a la puerta y mirando hacia la cocina con ira en la cara y los puños crispados, se dirigió a su mujer.
-No sabes con qué bruto he tenido que lidiar.
Otra vez reinició su recorrido alrededor de la mesa; cuando volvió a estar junto a la puerta, se paró de nuevo, mirando hacia la cocina, desde la altura de dos escalones.
-Un idiota, escarnecedor, peligroso bruto, con menos criterio que... ¡Después de todos estos años! ¡Un hombre como yo! Me he jugado la cabeza en este juego. Tú no sabes. Era muy justo, también. ¿Para qué decirte que corría el riesgo de que me clavaran un cuchillo en cualquier momento, en estos siete años que llevamos de casados? No soy un chiquilín como para preocupar a la mujer que me tiene cari­ño. No tenías por qué saberlo.
Mr. Verloc dio otra vuelta por el salón, hervía.
-Una bestia venenosa- empezó de nuevo desde la puerta-. Me lle­vó a una zanja a morir de hambre, sólo para hacerme una broma. Me doy cuenta que pensaba que iba a ser una maldita y excelente broma. ¡A un hombre como yo! ¡Fíjate! Algunos de los más importantes per­sonajes del mundo tendrían que agradecerme por seguir caminando sobre sus dos piernas hasta hoy. ¡Ese es el hombre con el que te casas­te, chiquita!
Vio que su mujer se había movido. Los brazos de Mrs. Verloc ya­cían apretados contra la mesa. Mr. Verloc observaba su espalda, como si allí pudiera leer el efecto de sus palabras.


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