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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.155

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Vladimir no era destruir un muro sino producir un efecto moral. Con mucho dis-gusto y angustia para Mr. Verloc, el efecto había sido logrado, eso era indudable. Cuando, a pesar de todo y casi en forma inesperada, ese efecto fue a buscar apostadero en la casa de Brett Street, Mr. Verloc, que había estado luchando como un hombre en una pesadilla para preservar su posición, aceptó el revés con la actitud de un fatalista convencido. La situación no se había producido por culpa de nadie, es verdad. Un pequeño, diminuto hecho la había provocado. Era como resbalar pisando un pedacito de cáscara de naranja en la oscuridad y romperse una pierna.
Mr. Verloc tenía el corazón cansado. No abrigaba resentimientos contra su mujer. Pensó: tendría que haber visto primero el negocio estando él encerrado. Y pensando también cuán cruelmente echaría ella de menos a Stevie en los primeros tiempos, se sintió muy preocupado por su salud física y mental. ¿Cómo iba a soportar la soledad... sola por completo en esa casa? No fuera que se desesperara mientras él estaba en la cárcel. A todo esto, ¿qué pasaría con el negocio? El negocio era una seguridad. Aunque el fatalismo de Mr, Verloc aceptara su ruina como agente secreto, no pensaba verse arruinado por completo y me-nos, hay que reconocerlo, por consideración a su mujer.
Silenciosa y fuera de su vista, en la cocina, ella lo asustaba. Si por lo menos la acompañara su madre. Esa vieja tonta... Un desaliento iracundo poseía a Mr. Verloc. Tenía que hablar con su mujer. Por cierto que podía decirle que en algunas circunstancias un hombre cae en la desesperación. Pero no fue de inmediato a participarle esa infor­mación. Antes que nada tenía bien claro que ésa no era noche para negocios. Se levantó a cerrar la puerta de la calle y apagó la luz.
Después de asegurarse la soledad junto a su piedra del hogar, Mr. Verloc se dirigió al salón y miró hacia la cocina. Mrs, Verloc estaba sentada en el lugar en que el pobre Stevie, por lo común, se establecía por las noches, con papel y lápiz para aquel pasatiempo de dibujar esos revoltijos de círculos innumerables que sugerían caos y eternidad. Los brazos de Winnie estaban doblados sobre la mesa y ocultaba su cara entre ellos. Mr. Verloc contempló su espalda y su peinado por un rato, luego se alejó de la puerta de la cocina. La casi desdeñosa incuria filo­sófica de Mr. Verloc, la fundamentación de una concordancia entre ellos en la sola vida doméstica, le hacían muy difícil entrar en contacto con su mujer, ahora que esa trágica necesidad había surgido. Mr. Ver­loc sentía esa dificultad en forma muy aguda.


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