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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.154

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Mr, Verloc tomó a su mujer de las muñecas. Pero las manos se adhirieron con más fuerza a la cara. Ella se inclinó hacia adelante con todo su peso y se tiró de la silla. Asustado al verla debilitada sin remedio, Mr. Verloc intentaba volver a sentarla en la silla, cuando de pronto la mujer se enderezó, se arrancó de sus manos, corrió fuera del negocio, a través del salón, hasta la cocina. Todo fue muy rápido. Apenas vio un reflejo de la cara, pero no logró hallar nada de lo mucho que tenían los ojos de Winnie, según él bien los conocía.
Todo tuvo la apariencia de una pelea por la posesión de la silla, pues Mr. Verloc, de inmediato se sentó en ella. Y no se tapó la cara con las manos, sino que un sombrío estado de meditación veló sus facciones. Un período de prisión era inevitable. Tampoco quería evi­tarlo ahora. Una prisión, con relación a posibles venganzas fuera de la ley, era un sitio tan seguro como la tumba, con esta ventaja: la cárcel deja sitio libre para la esperanza. Veía por delante un período de cárcel; lo soltarían pronto y luego iría a vivir afuera, en algún lugar, tal como había pensado en el caso de fracasar. Bueno, era un fracaso, aunque no justo el tipo de fracaso que había temido. Había estado muy cerca de un éxito con el que, como prueba de oculta eficiencia, bien podía haber aterrorizado a Mr. Vladimir, más allá de sus feroces befas. Al menos así lo sentía, ahora, Mr. Verloc. Su prestigio ante la Embajada podía haber sido inmenso si... si su mujer no hubiese tenido la desgraciada idea de coser la dirección en el sobretodo de Stevie. Mr. Verloc, que no era tonto, muy pronto percibió el carácter extraordinario de la influen­cia que él tenía sobre Stevie, aunque no comprendió con exactitud su origen- la doctrina de su suprema sabiduría y bondad inculcada por dos mujeres ansiosas. En todas las eventualidades que había previsto, Mr. Verloc había contado, en correcta evaluación, con la lealtad instintiva y la ciega discreción de Stevie. La eventualidad que no había previsto lo había consternado como ser humanitario y como marido cariñoso. Desde todo otro punto de vista era bastante ventajosa. Nada puede igualar la eterna discreción de la muerte. Mr. Verloc sentado en medio de la perplejidad y el espanto, en el pequeño salón de Cheshire Cheese, no dejaba de reconocer esto, porque nunca su sensibilidad se interponía en el camino de sus juicios. La violenta desintegración de Stevie, por desagradable que fuera pensar en ella, sólo había afirmado el éxito; porque, por supuesto, el objetivo de las amenazas de Mr.


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