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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.153

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Sólo que no había entendido ni la naturaleza ni la profundidad de ese sentimiento. Y en esto tenía una excusa, ya que le era imposible entenderlo sin dejar de ser él mismo. Estaba sobreco­gido y desilusionado, y sus palabras lo dejaban traslucir en una cierta rusticidad del tono.
-Podrías mirarme- observó luego de esperar un rato.
Como si pasara con dificultad por entre las manos que cubrían la cara de Mrs. Verloc, llegó la respuesta, amortecida, casi lastimera.
-No quiero mirarte mientras viva.
-¿Eh? ¿Qué?- Mr. Verloc se quedó simplemente aterrado ante el valor superficial y literal de esa declaración. Era una evidente irracio­nalidad, tan sólo el grito de la pena exagerada. Y sobre ese grito arrojó la capa de su indulgencia marital. La mentalidad de Mr. Verloc no era profunda. Bajo la equívoca idea de que los individuos valen por lo que son en sí mismos, quizá no podía comprender el valor de Stevie a los ojos de Mrs. Verloc. Se lo está tomando de un modo demasiado desa­gradable, pensó para sí. Toda la culpa la tiene ese maldito Heat. ¿Qué pretendía perturbándola así? Pero, por su propio bien, no había que permitirle que siguiera en esas condiciones, hasta que volviese a sentir­se dueña de sí.
-¡Mira! No puedes quedarte ahí, sentada, en el negocio- le dijo con ficticia severidad, en la que puso cierta dosis de real fastidio; por urgentes razones prácticas, debían discutir si se iban a quedar ahí, sentados, toda la noche.
-Cualquiera puede aparecer en cualquier momento- agregó. Pero no se produjo ningún efecto, y la idea de la irreversibilidad de la muerte se le presentó a Mr. Verloc durante la pausa. Entonces cambió de tono.
-Vamos. Esto no lo va a traer de vuelta- dijo gentil, listo para to-marla entre sus brazos y apretarla contra su pecho, donde la impacien­cia y la compasión se repartían el campo. Excepto un corto estremeci­miento, Mrs. Verloc se mantuvo aparentemente al margen de la fuerza de ese terrible axioma, Mr. Verloc fue el conmovido; se sentía impul­sado en su simplicidad a pedir moderación haciendo valer los reclamos de su propia personalidad.
-Sé razonable, Winnie. ¿Qué hubiera pasado si me hubieses per­dido a mí?
De un modo vago, había esperado oírla gritar. Pero ella no se mo­vió. Se movió apenas hacia atrás y volvió a envararse en una completa, incomprensible quietud. El corazón de Mr. Verloc empezaba a latir con mayor rapidez, entre la exasperación y algo parecido a la alarma. Aho­yó una mano en el hombro de la mujer y le dijo:
-No seas tonta, Winnie.
No hubo respuesta. Era imposible hablar de cualquier tema con una mujer a la que no se le puede ver la cara.


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