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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.152

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La previsión femenina de Mrs. Verloc había dejado sobre la mesa la carne fría, junto con el cuchillo de trinchar, el tenedor y media hogaza de pan para la cena de Mr. Verloc. En ese momento, por primera vez, el hombre vio todas esas cosas y cortándo­se un trozo de carne y otro de pan empezó a comer.
Su apetito no nacía de la insensibilidad. Mr. Verloc no había to­mado desayuno esa mañana. Había salido a los apurones de su casa. Al no ser un hombre enérgico, encontraba su resolución en la excitación nerviosa, que parecía sostenerlo sobre todo a través de la garganta. No había podido tragar nada sólido. La casa de Michaelis estaba tan des­provista de comestibles como la celda de un prisionero. El apóstol de la libertad condicional vivía de un poco de leche y pedacitos de pan duro. Además, cuando Mr. Verloc llegó, ya se había ido arriba, luego de su frugal comida. Absorto en el trabajo y las delicias de la composición literaria, ni siquiera hubiese contestado a las llamadas de Mr. Verloc a través de la escalera.
-Me llevo a este jovencito a casa por un día o dos.
Y, en verdad, Mr. Verloc no esperó una respuesta, sino que se marchó de la quinta de inmediato, seguido por el obediente Stevie.
Ahora que todo había sucedido y el destino se le había escapado de las manos con inesperada rapidez, Mr. Verloc sintió un terrible vacío físico. Trinchó la carne, cortó el pan y devoró su cena, de pie, junto a la mesa, arrojando de rato en rato una mirada hacia su mujer. La prolongada inmovilidad de Winnie le perturbaba el gusto de su comida. Caminó otra vez hasta el negocio y se acercó mucho a ella. Esa manifestación de pena, la cara tapada, hacían que Mr. Verloc se sintiera inquieto. Esperaba, por supuesto, que su mujer se trastornara muchísimo, pero pretendía que ya hubiese recobrado el dominio de sí. Él necesitaba toda la ayuda y la lealtad de su esposa en esta nueva coyuntura que su fatalismo ya había aceptado.
-No se puede hacer nada- dijo con tono de lúgubre simpatía-. Vamos, Winnie, tenemos que pensar en mañana. Necesitarás todas tus fuerzas contigo una vez que me hayan llevado.
Hizo una pausa. El pecho de Mrs. Verloc jadeaba en convulsio­nes. Eso no era un apoyo para Mr. Verloc, en cuya perspectiva la nue­va situación exigía, de las dos personas más tocadas por ella, calma, decisión y otras cualidades incompatibles con el desorden mental de la congoja apasionada. Mr. Verloc era un individuo humano; había ido a su casa preparado para admitir cualquier proyección del afecto de su mujer por el hermano.


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