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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.151

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Como un filósofo peripatético, Mr. Verloc, paseando por las calles de Londres, había modificado el punto de vista de Stevie sobre la policía mediante conversaciones llenas de sutiles razonamientos. Nunca un sabio tuvo un discípulo más atento y admirativo. La obediencia y el respeto del chico eran tan visibles que Mr. Verloc había empezado a sentir algo así como cariño hacia él. En realidad, no previó que se enterarían de su conexión con el caso con tanta rapidez. Que a su mujer se le ocurriera la precaución de coser en el interior del abrigo la dirección del mucha­cho, era la última cosa que Mr. Verloc podía haber pensado. Uno no puede estar en todo. Eso es lo que ella quería decir cuando aseguraba que no había que preocuparse si durante los paseos Stevie se perdía. Le había dicho que el muchacho volvería enseguida. ¡Bien, había vuelto con una venganza!
-Bien, bien- murmuraba Mr. Verloc en su asombro-. ¿Qué había querido lograr con eso? ¿Quitarle a él la angustia de mantener un ojo puesto sobre Stevie? Lo más probable es que lo hubiera hecho para bien. Sólo que ella tendría que haberle indicado qué precauciones de­bían tomarse.
Mr. Verloc caminaba detrás del mostrador del negocio. Su inten­ción no era agobiar a su mujer con amargos reproches. Mr. Verloc no sentía amargura. La inesperada marcha de los acontecimientos lo había convertido a la doctrina del fatalismo. Nada se podía arreglar ahora. Y dijo:
-No creí que le pasara nada malo al muchacho.
Mrs. Verloc se estremeció al sonido de la voz de su marido. No descubrió su rostro. El confiable agente secreto del difunto Barón Stott-Wartenheim la miró por un momento con ojos pesados, persis­tentes, sin sagacidad. El diario de la noche yacía roto a los pies de la mujer. No podía haberle dicho demasiado. Mr. Verloc sintió la necesi­dad de hablar con su mujer.
-Fue ese maldito Heat, ¿eh?- dijo- Él te trastornó. Es un bruto, largando todo, sin consideración, delante de una mujer. Yo me enfermé pensando en la manera de decírtelo. Estuve sentado durante horas en el salón de Cheshire Cheese pensando cuál podía ser la mejor manera. Comprende, nunca creí que habría de pasarle algo malo a ese mucha­cho.
Mr. Verloc, el Agente Secreto, estaba diciendo la verdad. Fue en su afecto marital donde la explosión prematura golpeó más duramente. Añadió:
-No me sentí nada contento sentado ahí y pensando en ti.
Observó otro leve estremecimiento de su mujer, que afectó su sensibilidad. Como ella persistía en esconder la cara entre las manos, pensó que haría mejor dejándola sola por un rato. Con este delicado impulso, Mr. Verloc volvió al salón, donde el mechero de gas ronro­neaba como un gato feliz.


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