El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.150
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Pero Mr. Vladimir se sentó, la mirada endurecida, y se alejó dentro del coche sin decir una palabra.
Tampoco el Subjefe de Policía penetró en el noble edificio. Era el Explorers Club. Le pasó por la cabeza el pensamiento de que Mr. Vladimir, miembro honorario, no iba a ser visto allí muy a menudo en el futuro. Miró su reloj. Recién las diez y media. Había tenido una noche muy agitada.
XI
Después que el Inspector Heat lo dejara, Mr. Verloc caminó por el salón, de rato en rato echaba un vistazo a su mujer a través de la puerta abierta. «Ahora lo sabe todo» pensaba para sí con una mezcla de dolor por la pena de ella y cierta satisfacción en cuanto a su propia persona. El alma de Mr. Verloc, tal vez carente de grandeza, era capaz de sentimientos tiernos. La perspectiva de tener que darle las noticias lo había enfebrecido. El jefe Inspector Heat lo relevó de la tarea. La cosa estuvo bien, a pesar de todo. Ahora le quedaba el deber de enfrentar la pena de Winnie.
Mr. Verloc jamás había supuesto que tendría que enfrentarla a causa de una muerte, cuyas características catastróficas no podían suavizarse ni con razonamientos sofisticados ni con elocuencia persuasiva. Mr. Verloc nunca quiso que Stevie pereciera con tan ruda violencia. Jamás quiso que pereciese. Stevie muerto era una desgracia mucho mayor que la que nunca había llegado a ser en vida. Había supuesto el éxito de su empresa basándose no en la inteligencia de Stevie, porque la inteligencia a veces desorienta o engaña al hombre, sino en la ciega docilidad y la ciega devoción de que el muchacho era capaz. Aunque no fuera ni por asomo un psicólogo, Mr. Verloc había sondeado la profundidad del fanatismo de Stevie. Se había animado a acariciar la esperanza de que Stevie se apartara de las paredes del Observatorio, como se lo había explicado, tomando el camino que previamente le mostrara varias veces y reuniéndose con su cuñado, el sabio y bueno de Mr. Verloc, fuera de las verjas del parque. Quince minutos tenían que haber sido suficientes para que el más perfecto de los tontos depositase el mecanismo y se alejase. Y el Profesor le había garantizado más de quince minutos. Pero Stevie había tropezado cinco minutos después que él lo dejara solo. Mr. Verloc quedó moralmente hecho pedazos. Había previsto todo menos eso. Había previsto que Stevie, solo y perdido, buscado luego, fuese finalmente encontrado en alguna división de la policía o en un hospicio provincial. Había previsto que Stevie fuese arrestado, y no tenía miedo porque Mr. Verloc se había hecho una gran opinión sobre la lealtad de Stevie, quien había sido adoctrinado a fondo sobre la necesidad de silencio, durante varias caminatas.
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