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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.148

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Se lo alcanzó un señor mayor, sin librea, de aire calmo y solícito. Pero el fósforo se apagó; el lacayo cerró la puerta y Mr. Vladimir encendió su gran habano con prolijo cuidado. Cuando, por fin, salió de la casa, vio con disgusto que el «condenado policía» todavía estaba parado en la vereda.
-Puede que me esté esperando- pensó Mr. Vladimir, mientras mi-raba a uno y otro lado para ver si aparecía algún coche. Pero no vio ninguno. Un par de carricoches esperaban junto al cordón, con sus lámparas brillando apenas y los caballos parados en perfecta quietud, como si estuviesen esculpidos en piedra; los cocheros permanecían inmóviles bajo sus amplias capas de piel, sin mucho más que el tré­mulo movimiento de las blancas correas de sus látigos.
Mr. Vladimir comenzó a caminar y el «condenado policía» se mantuvo junto a su codo, un paso más atrás. Pero Vladimir no dijo nada. Al cabo de la cuarta zancada, se sentía furibundo e incómodo. Eso no podía durar.
-Tiempo podrido- gruñó salvajemente.
-Liviano- dijo el Subjefe sin pasión. Permaneció en silencio por un trecho. Prendimos a un sujeto llamado Verloc anunció como de casualidad.
Mr. Vladimir no tropezó, ni se tambaleó, ni tampoco cambió el paso, pero no logró evitar una exclamación:
-¿Qué?
El Subjefe no repitió su declaración.
-Usted lo conoce prosiguió en el mismo tono.
Mr. Vladimir se detuvo y su voz sonó gutural.
-¿Que lo lleva a decir eso?
-Yo no digo nada; Verloc es quien dice eso.
-Un perro mentiroso, de alguna clase- dijo Mr. Vladimir con una fraseología un tanto oriental. Pero en su corazón se sentía casi aterrado por la milagrosa inteligencia de la policía inglesa. El cambio de su opinión al respecto fue tan violento que se sintió enfermo. Tiró su cigarro y se puso en movimiento.
-Lo que más me gusta de este asunto- prosiguió hablando el Sub­jefe con lentitud- es que nos da un excelente punto de partida para un trabajo que me ha parecido muy necesario encarar... me refiero a lim­piar este país de todos los espías extranjeros, policías y ese tipo de... de... perros. En mi opinión constituyen una horrible molestia; también un elemento de peligro. Pero no podemos buscarlos uno por uno. La única forma es hacer que el trabajo resulte incómodo para los emplea­dores. La cosa se ha puesto inmoral. Y peligrosa también, para noso­tros, aquí.
Mr. Vladimir se paró otra vez por un momento.
-¿Qué quiere decir?
-El juicio de este sujeto Verloc demostrará a la opinión pública tanto el peligro como la inmoralidad.
-Nadie creerá lo que diga un hombre de esa clase- dijo Mr.


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