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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.147

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Parece que todos tendríamos que estar temblando de sólo pensar en lo que ocurrirá si no se suprime a esa gente de la superficie de la tierra. No tenía idea de que éste fuera un asunto tan grave.
Mr. Vladimir, fingiendo que no oía, se inclinó hacia el sillón ha­blando con tono amistoso en voz baja, pero oyó que el Subjefe decía:
-Estoy seguro de que Mr. Vladimir tiene una idea clara de la ver­dadera importancia de este caso.
Mr. Vladimir se preguntaba a sí mismo adónde quería llegar ese condenado policía intruso. Descendiente de generaciones, víctimas de los instrumentos de un poder arbitrario; racial, nacional e individual-mente tenía miedo de la policía. Era una debilidad hereditaria, como la independencia de su juicio, de su razón, de su experiencia. Había naci­do a todo ello. Pero ese sentimiento, que se parecía al miedo irracional que alguna gente tiene a los gatos, no se interponía en el camino de su inmenso desprecio por la policía inglesa. Terminó la frase que estaba dirigiendo a la gran dama y se volvió apenas en su silla.
-Usted quiere decir que tenemos una gran experiencia respecto de esa gente. Sí, es cierto, nos ha perjudicado mucho su actividad, mien­tras que ustedes... - Mr. Vladimir dudó un momento, en medio de una perplejidad sonriente mientras que ustedes soportan con alegría su convivencia terminó, exhibiendo un hoyuelo en cada una de las bien afeitadas mejillas. Luego agregó con más gravedad: hasta podría decir, porque ustedes mismos hacen este tipo de cosas.
Cuando Mr. Vladimir dejó de hablar el Subjefe bajó la mirada y la conversación decayó. Cuando Mr. Vladimir se despidió, cosa que hizo casi de inmediato, apenas estuvo de espaldas, también el Subjefe comenzó a incorporarse.
-Supongo que usted se quedará para llevar a Annie hasta su casa­dijo la dama protectora de Michaelis.
-Me he dado cuenta de que aun tengo que hacer un trabajito esta noche.
-¿En conexión?
-Bien, sí... en cierto modo.
-Dígame, ¿qué es realmente este horror?
-Es difícil decir qué es, pero puede llegar a ser una cause célébre­dijo el Subjefe.
Abandonó de prisa el salón y encontró a Mr. Vladimir todavía en el recibidor, envolviéndose con todo cuidado la garganta en un amplio pañuelo de seda. Detrás de él un criado esperaba, sosteniéndole el abrigo. Otro estaba preparado para abrirle la puerta. A su tiempo, el Subjefe recibió ayuda para endosarse el abrigo y salió de inmediato. Después de bajar los escalones del frente, se detuvo como si estuviera pensando qué camino tomaría. Al ver esto a través de la puerta que continuaba abierta, Mr. Vladimir se demoró en el recibidor para sacar un cigarro y pidió fuego.


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