El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.146
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Hizo a pie todo el camino hasta su casa. Encontró a oscuras la sala; se dirigió al piso superior y durante un rato fue y vino del dormitorio al cuarto de vestir, cambiándose la ropa, yendo de aquí para allá con el aire de un sonámbulo pensativo. Pero se lo sacudió de encima antes de volver a salir para reunirse con su mujer en casa de la grata dama protectora de Michaelis.
Sabía que era bien recibido allí. Al entrar al más pequeño de los dos salones, vio a su mujer en un grupito junto al piano. Un joven compositor, en vías de hacerse famoso, pontificaba desde el taburete de música frente a dos hombres gordos, cuyas espaldas parecían viejas, y a tres mujeres delgadas, cuyas espaldas parecían jóvenes. Detrás del biombo la gran dama tenía sólo dos personas consigo: un hombre y una mujer, juntos el uno a la otra y sentados en sus sillas frente al sillón de la dueña de casa. Ésta extendió la mano hacia el Subjefe.
-No esperaba verlo aquí esta noche. Annie me dijo...
-Sí. Tampoco yo tenía idea de terminar tan pronto mi trabajo.
En voz baja, el Subjefe agregó:
-Me alegro de comunicarle que Michaelis está totalmente fuera de este...
La protectora del ex convicto recibió esa afirmación indignada.
-¿Por qué? Son ustedes lo bastante estúpidos como para relacionarlo con...
-Estúpidos no- interrumpió el Subjefe, contradiciéndola con deferencia-. Inteligentes... bien inteligentes en esto.
Se produjo un silencio. El hombre que estaba a los pies del sillón había dejado de hablar con la dama y la miraba con una débil sonrisa.
-No sé si ustedes se conocen dijo la gran dama.
Mr. Vladimir y el Subjefe de Policía, una vez presentados, tomaron conocimiento cada uno de la vida del otro, con puntillosa y precavida cortesía.
-Me estuvo asustando- declaró de pronto la dama que estaba sentada junto a Mr. Vladimir, inclinando la cabeza hacia él-. El Subjefe conocía a esa señora.
-No parece asustada- expresó, luego de analizar, a conciencia a Mr. Vladimir con sus ojos fatigados y tranquilos. Entretanto pensaba para sus adentros que en esa casa, tarde o temprano, uno se encontraba con todo el mundo. La cara rosada de Mr. Vladimir se distendía en sonrisas; era ingenioso pero mantenía los ojos serios, como los ojos de un hombre persuadido.
-Bueno, por lo menos trató de hacerlo- corrigió la señora.
-Fuerza de costumbre, tal vez- dijo el Subjefe, movido por una inspiración irresistible.
-Ha estado amenazando a la sociedad con todo tipo de horrorescontinuó la dama, cuyo tono de voz era lento y acariciador-, a propósito de esa explosión en Greenwich Park.
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