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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.145

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-¿Lo dejó? Pero el hombre puede desaparecer.
-Perdón, no lo creo. ¿Adónde podría ir? Además, recuerde usted que también tiene que pensar en el peligro que representan sus camara­das. Allí está en su lugar. ¿Qué explicación va a dar para abandonarlo?
Pero aunque no hubiese obstáculos para su libertad de acción, no haría nada. En este momento no tiene energía moral suficiente para tomar cualquier tipo de resolución. Permítame también subrayar que si lo hubiera detenido, estaríamos embarcados en un curso de acción sobre el que, antes que nada, necesito conocer su preciso criterio.
El gran personaje se levantó con esfuerzo, una mole imponente, sombría en la penumbra verdosa de la habitación.
-Esta noche estuve con el Fiscal general, y lo veré a usted mañana por la mañana. ¿Hay algo más que quiera decirme ahora?
También el Subjefe se había puesto de pie, delgado y flexible.
-Creo que no, Sir Ethelred, a menos que entrara en detalles que...
-No. Sin detalles, por favor.
La mole sombría pareció encogerse, como si tuviera temor físico a los detalles; luego se hinchó, se hizo enorme, pesada, y le tendió la mano.
-¿Y me dijo que ese hombre tiene mujer?
-Sí, Sir Ethelred- dijo el Subjefe, estrechando con deferencia la mano tendida-. Una genuina mujer y una relación marital genuina y respetable. Me dijo que después de esa entrevista en la Embajada hu­biera querido tirar todo, hubiera tratado de vender el negocio y aban­donar el país, pero estaba seguro de que su mujer no querría ni siquiera oír una palabra acerca de irse al extranjero. Nada mejor que esto puede caracterizar ese vínculo prosiguió, con un toque de pena, el Subjefe, cuya propia mujer también se había negado a oír hablar de partir al extranjero. Sí, una genuina esposa. Y la víctima era un genuino cuña­do. Desde cierto punto de vista aquí tenemos nada más que un drama doméstico.
El Subjefe rió apenas, pero daba la impresión de que los pensa­mientos del Gran Hombre se habían ido muy lejos, tal vez hacia las cuestiones de su prudencia en el campo doméstico, o el lugar de batalla de su valor de cruzado contra el pagano Cheeseman. El Subjefe salió en silencio, inadvertido, como si ya hubiese sido olvidado.
Él también tenía instintos propios de cruzado. Este asunto que, de una manera u otra, tanto disgustaba al jefe Inspector Heat, a él le pare­cía providencial como punto de partida para una cruzada. Anhelaba emprenderla. Caminó con lentitud hacia su casa, meditando por el camino en la empresa y pensando en la psicología de Mr. Verloc con un humor donde se mezclaban comprensión y repugnancia.


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