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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.144

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Fue un des­pertar demasiado brusco. Me imagino que perdió la cabeza. Se ha puesto furioso y asustado. Le doy mi palabra: mi impresión es que piensa que la gente de la Embajada es muy capaz no sólo de echarlo sino también de sacarlo de en medio, de una u otra manera...
-¿Cuánto tiempo estuvo con él?- interrumpió el personaje desde atrás de su mano voluminosa.
-Unos veinte minutos, Sir Ethelred, en una casa de mala reputa­ción, llamada Hotel Continental, encerrados en un cuarto que, dicho sea de paso, alquilé por una noche. Lo encontré bajo la influencia de esa reacción que sigue al esfuerzo del crimen. No se lo puede definir como un criminal endurecido. Es evidente que él no había pensado en la muerte de ese chico infeliz, su cuñado. Eso fue un golpe para él, me di cuenta. Tal vez sea un hombre de gran sensibilidad. Tal vez, incluso, le tenía afecto al chico. ¿Quién sabe? Debe haber tenido la esperanza de que el muchacho se pudiera alejar, en cuyo caso hubiese sido impo­sible saber todas estas cosas. De todos modos, corrió a conciencia el riesgo de que lo arrestaran.
El Subjefe hizo una pausa en sus especulaciones para reflexionar por un momento.
-Aunque, si el chico se salvaba, no sé cómo iba a poder soportar ser el responsable de sólo una parte del negocio-continuó, en su igno­rancia de la devoción del pobre Stevie por Mr. Verloc (que era bueno), y de su muy particular mudez, que en el viejo asunto del fuego en la escalera resistió por muchos años súplicas, ruegos, iras y otros medios de investigación utilizados por su amada hermana. Porque Stevie era leal-... No, no lo puedo imaginar. Es posible que jamás haya pensado en ello. Parece una extravagancia plantearlo así, Sir Ethelred, pero este estado de abandono me sugiere a un hombre impulsivo que, luego de consumar el suicidio con la idea de que ése sería el fin de todas sus penas, descubre que no ha logrado nada de eso.
Con voz apologética pronunció estas palabras el Subjefe de Poli­cía.
Pero en rigor había una especie de claridad propia en el lenguaje extravagante, y el gran hombre no se sentía ofendido. Un movimiento de las ligeras sacudidas del cuerpo voluminoso, a medias perdido en la penumbra de las pantallas de seda verde, y de la gran cabeza que des­cansaba sobre la mano amplia, acompañó un sonido intermitente, aho­gado, pero potente. El gran hombre se reía.
-¿Qué hizo con él?
El Subjefe contestó de muy buena gana:
-Como parecía ansioso por volver junto a su mujer en el negocio, lo dejé ir, Sir Ethelred.


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