El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.143
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La Gran Presencia hizo un ligero movimiento.
-Sea claro, por favor.
-Sí, Sir Ethelred. Usted sin duda sabe que la mayoría de los criminales en uno u otro momento sienten la necesidad irresistible de confesar... de abrirle su corazón a alguien... a cualquiera. Y a menudo lo hacen hablando con la policía. En ese Verloc al que Heat tanto quería escudar, encontré un hombre en ese particular estado psicológico. Su hombro, hablando metafóricamente, se recostó en mi pecho. De mi parte fue suficiente que le susurrara quién era yo y que agregase «sé muy bien que usted conoce a fondo lo que ha ocurrido». Tendría que haberle parecido un milagro que ya estuviéramos enterados, pero se tomó la cuestión con entera naturalidad. En ningún momento le llamó la atención tanta maravilla. Sólo tuve que plantearle dos preguntas: ¿quién lo puso en esto? y ¿quién lo hizo? A la primera contestó con notable énfasis. A la segunda pregunta, me dijo que el tipo de la bomba era su cuñado, un muchachito, un débil mental... Es un asunto bastante curioso demasiado largo tal vez para explicarlo a fondo ahora.
-¿Qué es lo que supo, entonces?- preguntó el gran hombre.
-Primero, he sabido que el ex convicto Michaelis nada tuvo que ver con esta aunque, por cierto, el jovencito estuvo viviendo con él temporariamente en el campo hasta las ocho de la mañana de hoy. Es
más que probable que Michaelis no sepa nada hasta este momento.
-¿Está tan seguro como para afirmarlo?- preguntó el gran hombre.
-Muy seguro, Sir Ethelred. Este tipo Verloc fue allá esta mañana y se llevó al muchacho con el pretexto de dar un paseo por el campo. Como no era la primera vez que lo hacía, Michaelis no pudo tener la menor sospecha de nada inusual. En cuanto al resto, Sir Ethelred, la indignación de este hombre Verloc no deja ninguna duda; ninguna. Se ha salido de sus cabales luego de un hecho extraordinario, que usted o yo no podríamos tomar en serio, pero que en él produce una gran impresión, es evidente.
El Subjefe, luego, mientras el gran personaje permanecía sentado, descansando los ojos bajo la pantalla de su mano, le transmitió con brevedad la apreciación que Mr. Verloc había hecho sobre los procedimientos y carácter de Mr. Vladimir. El Subjefe les adjudicó una cierta justeza. Pero el gran personaje observó:
-Todo eso parece muy fantástico.
-¿No es cierto? Uno pensaría que se trata de una broma feroz. Pero según parece nuestro hombre se lo ha tomado en serio. Se siente amenazado. En otros tiempos, como usted sabe, él estuvo en comunicación directa con el propio Stott-Wartenheim que, había llegado a considerar los servicios de Verloc como indispensables.
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