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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.142

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En el Explorers, diría yo- agregó el Subjefe, con calma. Ante la mención de ese club tan exclusivo, Toodles lo miró asustado y se detu­vo un poco.
-Disparates protestó en un tono despavorido. ¿Qué es lo que quie­re decir? ¿Un miembro?
-Honorario musitó el Subjefe a través de los dientes.
-¡Cielos!
Toodles lo miraba tan espantado que el Subjefe sonrió apenas.
-Esto queda estrictamente entre nosotros le dijo.
-Esta es la cosa más brutal que he oído en mi vida- declaró Too­dles, sin fuerza, como si el asombro le hubiera arrebatado toda su fuer­za vital en un segundo.
El Subjefe le dirigió una mirada sin sonrisas. Hasta llegar a la puerta de la oficina del gran personaje, Toodles conservó un escandali­zado y solemne silencio, como si se hubiera ofendido con el Subjefe por la exposición de un hecho tan rústico y perturbador. Todo esto destruía su idea acerca de la extrema selectividad y pureza social del Explorers Club. Toodles era revolucionario sólo en política; sus creen­cias sociales y sentimientos personales trataba de mantenerlos sin cam-bios a través de los años que le estaban adjudicados sobre esta tierra a la que, por sobre todo, consideraba un hermoso lugar para vivir.
Toodles se hizo a un lado.
-Entre sin golpear- dijo.
Pantallas de seda verde, muy bajas, tapaban todas las luces e im­partían al cuarto algo de la honda lobreguez de un bosque. Los ojos arrogantes del gran personaje eran su punto físico débil. Este asunto estaba envuelto en el mayor secreto. Cuando tenía oportunidad, les daba descanso a conciencia. El Subjefe, al entrar, no vio más que una gran mano blanca que sostenía una gran cabeza y ocultaba la parte superior de una gran cara pálida. Un libro de despacho abierto se des­plegaba sobre el escritorio, cerca de unas pocas hojas de papel oblon­gas y un puñado disperso de plumas de ave. No había nada más sobre la vasta superficie pulida, excepto una estatuita de bronce vestida de toga, misteriosamente alerta en su sombría inmovilidad. El Subjefe, invitado a tomar asiento, se sentó en una silla. A la dudosa luz am­biente, las características salientes de su persona la cara larga, cabello negro, su flacura lo hacían parecer más extranjero que nunca.
El gran personaje no manifestó sorpresa, ni siquiera ansiedad o cualquier otro sentimiento. La actitud en que dejó sus ojos amenazados era de profunda meditación. Y no la alteró hasta el último instante. Pero su voz no era soñadora.
-¡Bien! ¿Qué es lo que encontró por ahí? Se encontró con algo imprevisible en el primer paso.
-No exactamente imprevisible, Sir Ethelred. En rigor, me encon­tré con un estado psicológico.


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