El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.141
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Daba la impresión de que el ataque final amenazado para esa noche estaba por fracasar. Un paniaguado menor de «ese bruto de Cheeseman», estaba hartando sin piedad a una Cámara casi vacía con algunas estadísticas cocinadas sin ninguna vergüenza. Él, Toodles, esperaba que alguna cuenta terminase por fastidiarlos en cualquier momento. Porque no hacían otra cosa que dejar correr el tiempo para que el tragón de Cheeseman cenara a sus anchas. De todos modos, no se podía persuadir al jefe de que se fuera a su casa.
-Lo verá de inmediato, creo. Esta sentado en su oficina, solo, pensando en todos los peces del mar- concluyó Toodles, vivaz-. Venga.
A pesar de la gentileza de su actitud, el joven secretario privado (sin renta) era accesible a las comunes fallas de la humanidad. No quería atormentar al Subjefe de Policía, en quien creía ver a un hombre que ha perdido su empleo. Pero su curiosidad era demasiado fuerte para detenerse por mera compasión. Mientras caminaban no pudo dejar de lanzar por sobre el hombro una pregunta a la ligera:
-¿Y su mojarrita?
-La tengo- contestó el Subjefe de Policía con una concisión reveladora de su buen estado de ánimo.
-Bien. Usted no se imagina cuánto les disgusta a estos hombres importantes verse decepcionados en las pequeñas cosas.
Después de tan profunda observación, el experimentado Toodles se hundió en la reflexión. Pero de todos modos no dijo nada durante unos dos segundos. Luego:
-Me alegro. Pero... yo digo... ¿es tan poca cosa como usted la pinta?
-¿Sabe lo que se puede hacer con una mojarrita?- preguntó a su vez el Subjefe de Policía.
-A veces la ponen en una lata de sardinas- bromeó Toodles, cuya erudición en el tema de la industria pesquera estaba fresca y, en comparación con su ignorancia en cuanto a todas las demás industrias, era inmensa-. Hay envasadoras de sardinas en la costa española que...
El Subjefe de Policía interrumpió al aprendiz de político.
-Sí. Sí. Pero a veces se tira una mojarrita para pescar una ballena.
-Una ballena ¡Fiu!- exclamó Toodles, con el aliento entrecortado. ¿Anda detrás de una ballena, entonces?
-No exactamente. Más bien estoy detrás de un tiburón. Quizá no sepa usted cómo es un tiburón.
-Sí, sé; estamos tapados de libros sobre la especialidad, tenemos estantes llenos, con láminas... es un animal dañino, de aspecto ruin, detestable, con una especie de cara lisa y bigotes.
-En forma de te- encomió el Subjefe. Sólo que el mío está bien afeitado. Usted debe haberlo visto. Es un pez ingenioso.
-¿Yo lo he visto?- dijo Toodles, incrédulo-. No me puedo imaginar dónde lo habré visto.
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