El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.140
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Rígida, erguida en la silla con dos sucios trozos de papel rosado tirados a sus pies. Las palmas de las manos estaban apretadas contra su rostro como en una convulsión, las puntas de los dedos engarfiadas sobre la frente, como si la piel fuera una máscara que estuviese a punto de ser arrancada con violencia. La perfecta inmovilidad de su postura expresaba la tormenta de ira y desesperación, toda la violencia contenida de sus trágicas pasiones, mejor que cualquier superficial despliegue de alaridos o golpes de una cabeza confusa contra las paredes. El Jefe Inspector Heat, mientras cruzaba el negocio con su paso rítmico y preocupado, le dirigió una mirada pasajera. Y cuando la campanilla rajada dejó de temblar en su cinta curva de acero, nada se movió en torno a Mrs. Verloc, como si su actitud tuviera el poder paralizador de un hechizo. Incluso las llamas del gas, que parecían mariposas, ardían, en las puntas de la lámpara en forma de T, sin un estremecimiento. En ese negocio de mercaderías dudosas, cubierto de estantes simétricos pintados de castaño oscuro, que se devoraban el resplandor de la luz, el aro dorado del anillo matrimonial en la mano izquierda de Mrs. Verloc centelleaba con la límpida gloria de una pieza proveniente de algún tesoro oculto en un oscuro arcón perdido.
X
El Subjefe de Policía, en un coche ágil, fue desde las cercanías de Soho en dirección a Westminster y se encontró en el propio centro del Imperio donde el sol nunca se pone. Algunos vigorosos agentes, que no parecían particularmente impresionados por el deber de custodiar el augusto sitio, lo saludaron. Penetró, a través de un portal nada alto, en los corredores de la casa que es la Casa par excellence en la mente de muchos millones de hombres, y por fin se encontró con el volátil y revolucionario Toodles.
Ese pulcro y delicado joven ocultó su asombro ante la temprana aparición del Subjefe de Policía: le habían dicho que podía esperarlo alrededor de la medianoche. Que volviera tan temprano le hizo pensar que las cosas, cualesquiera que fuesen, habían andado mal. Con una simpatía en extremo diligente, que en los jovencitos delicados casi siempre viene acompañada de un temperamento jovial, se sintió apenado por el Gran Personaje, al que llamaba «El Jefe», y también por el Subjefe de Policía, cuya cara le pareció más rígida y ominosa que nunca y muchísimo más larga. «Qué tipo raro, con pinta extraña, éste» pensó para sí, sonriendo de lejos con amistosa animación. Y tan pronto como estuvieron uno junto al otro, el joven empezó a hablar con la gentil intención de enterrar la torpeza de un fracaso bajo un montón de palabras.
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