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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.139

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Era lamenta­ble, un desvío lamentable. Lo dejaría incólume a Michaelis; en cambio sacaría a luz la industria casera del Profesor; desorganizaría todo el sistema de supervisión; no se podría poner fin a la discusión en los diarios, que en esa repentina perspectiva le parecieron siempre escritos por tontos para ser leídos por imbéciles. Mentalmente estuvo de acuer­do con las palabras que Mr. Verloc dejó caer al contestar su última observación.
-Tal vez no. Pero voy a desbarajustar muchas cosas. He sido un hombre derecho y seguiré siendo derecho en este...
-Si lo dejan- dijo el Inspector con cinismo-. Lo van a sermonear antes de ponerlo en el banquillo. Y al final puede que consiga una sentencia sorprendente para usted. Yo no pondría demasiada confianza en el caballero con el que estuvo hablando.
Mr. Verloc escuchaba, ceñudo.
-Mi consejo es que se escabulla mientras puede. No tengo ins­trucciones. Algunos de ellos- continuó el jefe Inspector Heat, dando una carga especial a la palabra ellos- piensan que usted ya está en el tope.
-¡De veras!- se vio llevado a exclamar Mr. Verloc. Aunque des-file su regreso de Greenwich había pasado la mayor parte de su tiempo sentado en el bar de un pequeño restaurante, difícilmente podía esperar tan favorables noticias.
-Ésa es la impresión en cuanto a usted-. El Jefe Inspector se incli­nó hacia él-. Esfúmese. Desaparezca.
-¿Pero a dónde?- gruñó Mr. Verloc. Levantó la cabeza y mirando la puerta cerrada del salón murmuró, dolorido- sólo quisiera que usted me sacara de aquí esta noche. Iría tranquilamente.
-No me cabe duda- asintió, sardónico, el jefe Inspector mientras seguía la dirección de esa mirada.
En la frente de Mr. Verloc brotaban leves gotas de sudor. Bajó su voz ronca para hacer una confidencia al jefe Inspector, que seguía inmóvil.
-El chico era medio falto, irresponsable. Cualquier tribunal se hu­biera dado cuenta de inmediato. Iba derechito a un manicomio. Y eso hubiera sido lo peor que podía haberle pasado si...
El jefe Inspector, la mano sobre el picaporte, masculló en la cara de Verloc:
-Él puede haber sido medio falto, pero usted tiene que haber esta­do loco. ¿Qué lo llevó a pensar semejante cosa?
Mr. Verloc, pensando en Vladimir, no dudó en la selección de las palabras:
-Un cerdo hiperbóreo siseó con violencia. Lo que se podría llamar un... un caballero.
El Jefe Inspector, con los ojos fijos, hizo una breve inclinación comprensiva y abrió la puerta. Mrs. Verloc, que estaba detrás del mos­trador, debió oírlo, pero no se dio cuenta de su salida, detrás de la cual resonó la campanilla con agresividad. Estaba sentada en el puesto del deber, tras el mostrador.


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