El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.136
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-Es de mi hermano, entonces.
-¿Dónde está su hermano? ¿Puedo verlo?- preguntó el jefe Inspector con rudeza.
Mrs. Verloc se inclinó un poco más sobre el mostrador.
-No; no está aquí. Yo misma escribí esa etiqueta.
-¿Dónde está su hermano ahora?
-Está afuera, viviendo con... un amigo... en el campo.
-El sobretodo viene del campo. ¿Y cuál es el nombre del amigo?
-Michaelis- confesó Mrs. Verloc en un susurro temeroso.
El Jefe Inspector emitió un silbido. Sus ojos chispearon.
-Justo. Fundamental. ¿Y cómo es su hermano? ¿un muchacho robusto, moreno, eh?
-¡Oh, no!- exclamó Mrs. Verloc llena de fervor. Ese debe ser el ladrón. Stevie es delgado y rubio.
-Bien- dijo el jefe Inspector con tono aprobatorio. Y mientras Mrs. Verloc fluctuaba entre la alarma y el asombro, mirándolo con fijeza, el policía buscaba información. ¿Por qué había cosido la dirección del lado de adentro del abrigo? Y escuchó que los mutilados restos que había inspeccionado esa mañana con extrema repugnancia eran los de un joven nervioso, un poco ausente, un poco raro, y también que la mujer que le estaba hablando se había hecho cargo de ese muchacho
desde que él había nacido.
-¿Fácilmente excitable?- sugirió el policía.
-Oh, sí. Lo es. ¿Pero cómo llegó a perder el abrigo...
El jefe Inspector Heat de pronto sacó del bolsillo un diario rosado que había comprado poco antes. Se interesaba por los caballos. Forzado por su oficio a adoptar una pareja actitud de duda y sospecha frente a sus conciudadanos, el jefe Inspector Heat vivificaba el instinto de credulidad inserto en el pecho humano, poniendo fe ilimitada en los profetas deportivos de esa particular publicación nocturna. Dejó la edición extra especial sobre el mostrador y metió otra vez la mano en el bolsillo, de donde sacó el fatal trozo de tela que había encontrado entre un montón de cosas recogidas, en apariencia, en mataderos o compraventas. Lo ofreció a Mrs. Verloc para su inspección.
-¿Reconoce esto, no?
La mujer lo tomó con un movimiento mecánico de sus dos ma-nos. Los ojos parecían agrandarse cada vez más.
-Sí- susurró, luego levantó la cabeza y se tambaleó apenas hacia atrás-. ¿Para qué lo rompieron así?
El jefe Inspector, por encima del mostrador, le sacó de las manos el trozo de tela y la mujer se desplomó sobre la silla. El policía pensó: la identificación es perfecta. Y en ese momento tuvo un panorama del conjunto asombroso de la verdad. Verloc era el «otro hombre».
-Mrs. Verloc se me ocurre que acerca de este asunto de la bomba usted sabe más de lo que usted misma cree saber.
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