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El agente secreto (Joseph Conrad) - pág.135

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-Me temo que no tengo tiempo para esperar a su marido.
Mrs. Verloc recibió esa declaración con indiferencia. Su frialdad había impresionado al jefe Inspector Heat durante toda la conversa­ción, y en ese momento se le agudizó la curiosidad. El jefe Inspector Heat se agitaba en el viento, dominado por sus pasiones como el más privado de los ciudadanos.
-Pienso- dijo mirándola fijamente- que usted podría darme una buena idea de qué es lo que está pasando, si quisiera.
Mrs. Verloc forzó sus bellos ojos inertes para que devolvieran la mirada del hombre; luego murmuró:
-¡Pasando! ¿Qué es lo que está pasando?
-Bueno, el asunto del que vine a conversar un poco con su mari-do.
Ese día Mrs. Verloc había hojeado por la mañana un diario, como siempre. Pero no se había movido de la casa; los repartidores de diarios nunca invadían Brett Street. No era calle para ese tipo de negocio. Y el eco de sus gritos, revoloteando por las avenidas transitadas, moría entre los ladrillos sucios de las paredes, sin llegar al umbral del nego­cio. Su marido no había llevado un diario de la noche. De todos modos no había visto ninguno. Mrs. Verloc no sabía nada de ningún asunto. Y lo dijo así, con una genuina nota de asombro en su voz tranquila.
El jefe Inspector Heat no creyó, por un momento, en tanta igno­rancia. Breve, sin afabilidad, relató el hecho raso.
Mrs. Verloc apartó sus ojos.
-Eso es absurdo expresó con lentitud. Hizo una pausa.
-Aquí no somos esclavos oprimidos.
El jefe Inspector esperó atento. Nada más le llegó.
-¿Y su marido no le dijo nada?
Mrs. Verloc simplemente movió la cabeza de derecha a izquierda, como signo de negación. Un lánguido, desconcertante silencio reinó en el negocio. El Jefe Inspector Heat se sintió provocado más allá de su resistencia.
-Hay otra cosita- comenzó con un tono muy distinto acerca de la cual quería hablar con su marido-. Ha llegado a nuestras manos un... un... lo que creemos es... un sobretodo robado.
Mrs. Verloc, con su mente muy preocupada por ladrones esa no­che, tocó apenas la blusa de su vestido.
-No hemos perdido ningún sobretodo- dijo, tranquila.
-Es extraño- continuó el ciudadano privado Heat-. Veo que usted tiene aquí una buena cantidad de tinta para marcar...
Tomó una botellita y la miró a la luz del mechero de gas.
-¿Roja, no?- comprobó colocando el frasco en su lugar-. Como dije, es raro. Porque el sobretodo tenía una etiqueta cosida del lado de adentro, con esta dirección escrita con tinta de marcar.
Mrs. Verloc se inclinó por encima del mostrador, con una excla­mación contenida.


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